vineri, 28 martie 2014

Bajo el cielo de España: Capítulo V (2ª Parte)

Para los voluntarios rumanos, los combates en la Casa de Campo están unidos al recuerdo de Vlad Mazepa. Allí cayó el joven comunista rumano, llegado entre los primeros para ponerse al servicio de la República española. En medio de encarnizados combates, Vlad y otros cincuenta voluntarios, al verse rodeados por los fascistas, se hicieron fuertes en una casa donde continuaron la lucha hasta el último cartucho, hasta el último aliento. Los fascistas dieron fuego a la casa, pero ninguno de los luchadores abandonó la posición, prefiriendo el espantoso sufrimiento de morir quemados vivos a la rendición.
 
Milicianos en el frente de Madrid (Ciudad Universitaria)
La muerte de Vlad y de los otros voluntarios de su grupo permanece como símbolo del heroísmo sublime que, en nombre de un elevado ideal, animó a estos luchadores.
En el transcurso también de los combates por la defensa de Madrid cayó igualmente Mihai Ardeleanu, campesino rumano de la zona de Oradea. Acérrimo antifascista, Ardeleanu se crió en el seno de una familia que nunca aceptó el yugo burgués-terrateniente (su padre participó activamente en el levantamiento de los campesinos rumanos y húngaros de Aleșd, en 1904, y fue condenado por ello a duros años de prisión). Como Vlad, Mihai Ardeleanu formó parte del primer grupo de rumanos que llegó a tierras de aquella España en llamas. En su lucha contra los fascistas, puso todo su apasionado amor a la libertad y todo su odio ardiente contra los terratenientes.
En un momento dado, en el transcurso de los encarnizados combates por Madrid, el flanco izquierdo del dispositivo del ejército republicano cedió. Había que enviar a toda prisa una orden para restablecer la situación. Era una misión difícil y peligrosa: el trayecto que había que recorrer para entregar la orden en cuestión pasaba por delante de las líneas del enemigo. No había otro camino.
-Debemos actuar con premura –dijo el comandante-. ¿Alguno sabe montar a caballo? Si no, no podremos transmitir la orden a tiempo.
-Yo sé. Yo llevaré la orden.
Quien había respondido era Mihai Ardeleanu. Claro que sabía montar a caballo, muy bien, de hecho. ¡Cuántas veces no nos hablaría de los caballos de su pueblo, junto a Aleșd! Con las gentes de allí no se llevaba tan bien. Le evitaban y le miraban por encima del hombro: «el hijo del presidiario», le llamaban muchos. Si ocurría algo en el pueblo, era a él a quien iban a buscar los gendarmes. Terminó por hartarse e irse. Pero de los potros del pueblo sí que se acordaba por entonces con cariño. Sólo que aquella vez no se trataba de un paseo a caballo por los bosques. La muerte acechaba en los cañones de cientos de fusiles.
-Tienes que llegar a aquellas casas de detrás de la colina. No es cosa fácil, que lo sepas. Estate muy atento.
-Entendido.
Montó y se puso en marcha. Algunos prismáticos y algunos corazones angustiados por la preocupación siguieron su galope hasta que caballo y jinete desaparecieron tras la colina.
-Lo ha conseguido –respiraron los hombres, aliviados.
Pero la alegría había sido prematura. A la vuelta, mientras cruzaba por delante de las líneas enemigas, una ráfaga de ametralladora le cosió a balazos el cuerpo. Aun así, consiguió mantenerse sobre la silla hasta llegar a nuestras líneas. Cuando el caballo se detuvo de la galopada, el jinete cayó a tierra, desmadejado. Los camaradas que salieron a su encuentro, no pudieron hacer ya nada para ayudarle: había muerto. La imagen del muchacho alto, rubio, fornido, que cautivaba al resto de combatientes cuando evocaba con tanta nostalgia su país en canciones llenas de tristeza[1] o cuando, lleno de agilidad, les enseñaba cómo se bailaba la hora[2] en nuestra patria chica[3],  permaneció mucho tiempo gravada en el recuerdo de sus camaradas de armas.
***
También allí, en los combate por Madrid, cayó igualmente Iosif Conta, de Oradea, llegado a España entre los primeros voluntarios rumanos de la emigración.
Sus nombres permanecen unidos a los de incontables mártires de la lucha por la libertad llegados del mundo entero a defender Madrid. “Con su ejemplo y heroísmo –dice Luigi Longo en el homenaje que rindió a los primeros voluntarios de las Brigadas Internacionales caídos en combate- inician una tradición, señalan a los que vendrán, el camino del honor, de la gloria y la victoria. Honor a las decenas de héroes desconocidos llegados de Francia, de Bélgica, de Alemania, de Polonia, de los Balcanes, que duermen para siempre bajo los árboles de la Casa de Campo que han consagrado con su sangre.” 
Decía antaño Séneca: “Existen hombres que están muertos incluso en vida y hombres que viven incluso tras la muerte[4]”. Caídos en la flor de la vida, los héroes de la lucha por la libertad pervivirán eternamente en el recuerdo de los pueblos de cuyo seno habían brotado y cuyas nobles aspiraciones representaron.
VISITA AL PRADO
También cayeron heridos en el transcurso de los combates de Madrid muchos voluntarios de nuestras filas. Al visitarlos en los hospitales donde estaban internados, conocí otro aspecto del heroísmo de los luchadores que defendían la República: el heroísmo callado, discreto, de los doctores y las enfermeras que, día y noche, bajo el bombardeo incesante de la aviación enemiga, con una abnegación ilimitada, libraban la batalla para arrancar de la muerte a cientos y miles de heridos y devolverlos a la vida, a la sociedad y a sus ideales.
Allí conocí y trabé amistad con un médico yugoslavo, Oscar Gorian, cirujano jefe de un gran hospital del centro de Madrid destinado a los brigadistas. Había operado y atendido a muchos de nuestros heridos quienes no dejaban de hablarme de él y de deshacerse en elogios de todo tipo sobre su persona. Médico de excelente preparación profesional, reunía en sí cualidades extraordinarias como hombre y como revolucionario: una elevada conciencia política, una vasta cultura, un carácter íntegro, modestia, amabilidad y un desvelo y un cuidado emocionantes por los enfermos. En una palabra, un hombre notable. Mis compatriotas me habían despertado la curiosidad con lo que contaban. Pensaba: «¿no estarán exagerando un poco?» Lo conocí y les di la razón. Nos volvimos a ver varias veces después y cada vez era mayor mi convencimiento de que el afecto con que le trataban los hombres era harto merecido. Gracias a su energía y talento organizador, a su entrega a los enfermos y a la tenacidad en el esfuerzo para salvarlos en que había educado al colectivo, el hospital que dirigía se convirtió en un hospital modelo a pesar de las dificultades y carencias a que debían hacer frente. Muchos de nuestros heridos caídos en el frente de Madrid le debieron la vida al doctor Oscar Gorian[5].
Yo le debo el recuerdo de algunas de las más extraordinarias emociones artísticas que me ha sido dado vivir. Un día que había ido a ver a nuestros voluntarios heridos, el doctor Gorian me preguntó si tenía otro permiso porque podría organizar una visita al Prado. Desde principios de septiembre el museo estaba cerrado al público, los cuadros se encontraban almacenados en los sótanos y en las salas más resguardadas; en aquellos momentos, se preparaba la evacuación de la capital de los lienzos más valiosos. Un crítico de arte español que trabajaba en el museo, amigo del doctor, le había prometido una visita a la famosa colección del Prado y Gorian quería compartir conmigo aquella alegría. Era una ocasión inesperada y me apresuré a aprovecharla.
El día acordado, acompañados de Miguel, el amigo de Gorian, nos encaminamos hacia el museo. Madrid mostraba tanto en el centro como en la periferia las huellas trágicas de la guerra. Las casas con la fachada derruida dejaban ver los restos del interior, recuerdo desgarrador de que allí, antaño, habían vividos hombres y mujeres, jugado niños. Los grandes bulevares de Madrid se habían convertido en el campo de tiro preferido de los fascistas. La Gran Vía estaba destruida hasta tal extremo que la población la llamaba entonces la Avenida de los Obuses. Por todas partes había barricadas y trincheras, sacos terreros para proteger los monumentos, grupos de hombre que retiraban escombros de entre los que sacaban cadáveres destrozados. Se habría dicho que los horrores de la guerra eran allí más visibles que en las trincheras donde se tenía al enemigo enfrente y se podía responder a los ataques. Pero los madrileños reaccionaban con templanza y dignidad. Los cartelones con el llamamiento “Evacuad Madrid” no tuvieron como consecuencia un éxodo precipitado. La mayoría de la población prefirió quedarse, convencida de que se detendría al enemigo.
La Granvía durante la Guerra Civil

Guía competente, Miguel, mientras nos dirigíamos al Prado, nos contó la historia del museo, nos habló de Don Juan de Villanueva, el talentoso arquitecto español que a  finales del siglo XVIII[6] elaboró el proyecto del edificio, destinado inicialmente a un museo de historia natural, de las inapreciables colecciones de arte que contiene, algunas de las cuales se remontan incluso a los tiempos del reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Después de ello, nos advirtió de que las condiciones de contemplación distaban de ser las idóneas en aquel momento y nos pidió que le dijésemos cuáles deseábamos ver en concreto en el escaso tiempo de que disponíamos. Ambos respondimos a una sola voz: «los maestros españoles».
Nuestros deseos se vieron cumplidos. Durante varias horas, nos deleitamos la vista y el espíritu admirando a Velázquez y Goya, a Ribera, Murillo y Zurbarán, por no recordar sino a los más grandes. En las especiales condiciones en que nos encontrábamos entonces, produjeron una extraordinaria resonancia en nuestros corazones los célebres cuadros de Goya inspirados en los combates de 1808: el enfrentamiento contra los mamelucos, las ejecuciones del 3 de mayo, los dibujos que muestran los horrores de la guerra, que tanto se asemejaban a nuestra atmósfera cotidiana.
Cuando, embargados por la impresión, nos disponíamos a abandonar el museo, Miguel se lamentó de que no pudiéramos ver las fachadas del edificio, famosas por su belleza y, en aquel entonces, defendidas con sacos terreros.
-Debemos adoptar todas las medidas de precaución. De hecho, vamos a sacar en breve los cuadros de aquí; los fascistas han dañado tantos monumentos de valor artístico que no puede tratarse de algo casual sino de un crimen premeditado[7]. Como el asesinato de Federico García Lorca…
Y nos citó con lágrimas en los ojos los versos llenos de dolor de Machado:
...Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.
Más tarde, cuando vi innumerables monumentos horriblemente mutilados por la aviación o la artillería enemigas, cuando fui testigo del odio de los fascistas por la cultura, volví a recordar el amor, el desvelo infinito de los republicanos por los valores espirituales, que consideraban patrimonio sagrado del pueblo.
Y mucho más tarde, al leer las notas de viaje que Nicolae Iorga[8] escribió tras visitar el Museo del Prado en 1927, volví a recordar con gran afecto todo lo que vi, durante la guerra, en aquella cuna del arte universal.
Concluye así Iorga sus reflexiones sobre el Museo del Prado: “La nueva pintura española surgirá súbitamente de Goya, pintor burlesco de una corte ridícula, pero, por sus desnudos femeninos, heraldo sublime del arte nuevo de nuestro tiempo.”
***
La primera ofensiva fascista contra Madrid fracasó. El heroísmo de las masas populares españolas, alentado por el partido comunista, salvó la capital.
Ni las cuatro columnas ni “la quinta columna” le proporcionaron a Franco los resultados deseados. El pueblo español dio al traste con los planes de Franco, de sus patrones de Italia y Alemania, así como de sus amigos de París, Londres y Washington. Los madrileños, a pesar de los mortíferos bombardeos de la aviación fascista, a pesar de los continuos peligros y privaciones, conservaron la moral alta. De sus labios surgía una canción de mofa en que se advertía a los cuatro generales rebeldes que en Madrid les esperaba la horca y no un cafelito caliente en la Puerta del Sol, que los habitantes de la capital no se dejaban asustar por sus bombas…
Madrid qué bien resistes,
mamita mía,
los bombardeos.   
      
De las bombas se ríen,
mamita mía,
los madrileños.
La capital de la España republicana se mantuvo indoblegable hasta el último momento de la guerra, cuando, sólo gracias la traición del grupo de Casado y Besteiro, cayó en manos de Franco.
Los miembros de las Brigadas Internacionales, que, con su valentía y entusiasmo, contribuyeron a rechazar la ofensiva enemiga, fueron declarados “hijos honoríficos de Madrid”. Los madrileños les declararon abiertamente su cariño fraterno. El conocido poeta y gran patriota Rafael Alberti les dedicó versos entusiastas:
Venís desde muy lejos… Mas esta lejanía
¿qué es para vuestra sangre que canta sin fronteras?
La necesaria muerte os nombra cada día,
no importa en qué ciudades, campos o carreteras.
De este país, del otro, del grande, del pequeño,
del que apenas al mapa da un color desvaído,
con las mismas raíces que tiene un mismo sueño,
sencillamente anónimos y hablando habéis venido.
No conocéis siquiera ni el color de los muros
que vuestro infranqueable compromiso amuralla.
La tierra que os entierra la defendéis, seguros,
a tiros con la muerte vestida de batalla.
Quedad, que así lo quieren los árboles, los llanos,
las mínimas partículas de luz que reanima
un solo sentimiento que el mar sacude: ¡Hermanos!
Madrid con vuestro nombre se agranda y se ilumina.
A ORILLAS DEL GUADALQUIVIR
Mientras las brigadas XI y XII luchaban en el frente de Madrid, en Albacete se formaron otras unidades internacionales que entraban de inmediato en combate allí donde su presencia se hacía necesaria.
 
Mihai Burca
Tras un corto periodo de instrucción, una de estas unidades, el 9º batallón, fue enviado al sector Villa del Río-Porcuna, en el sur de España, para reforzar las posiciones de algunas tropas españolas atacadas violentamente por los fascistas, quienes pretendían avanzar por la carretera Cádiz-Madrid. En el 9º batallón luchaba también un grupo de rumanos que había llegado a Albacete en el momento de la creación de la nueva unidad. Entre ellos se encontraban los dos hermanos Burcă, Constantin y Mihai que, llegados de Rumanía una vez acabado su servicio militar, fueron nombrados comandantes del pelotón de ametralladoras. El 24 de diciembre, en camiones, partieron hacia el frente. Fue su primera toma de contacto con el enemigo. Los voluntarios estaban llenos de entusiasmo, decididos a no escatimar el más mínimo esfuerzo para derrotar a los fascistas.
 
Pero en el frente la situación era difícil. Los voluntarios ocuparon las posiciones y comenzaron a disparar en la dirección indicada. En realidad, el enemigo estaba en la parte opuesta y los voluntarios se encontraron con que les disparaban por la espalda.
Fue un momento de desconcierto, de atonía. No obstante, los voluntarios se organizaron con rapidez, tratando de hacer frente al fuego que les había pillado por sorpresa. Sin embargo, no podían darse perfecta cuenta de cuál era la situación, de cómo orientarse.
“En esa lucha improvisada –dice Luigi Longo- sólo los comandantes de los pelotones consiguieron imponer una cierta dirección y control sobre los hombres[9]”. Lleno de ardor, Constantin Burcă, comandante de pelotón, infundía ánimo a sus hombres, los enardecía. Pero era una lucha desigual en que los voluntarios disparaban a ciegas a un enemigo que no veían mientras ellos constituían un blanco preciso para éste, camuflado no se sabía dónde…
Finalmente cayó la noche. Los voluntarios recibieron órdenes de retirarse hacia Montoro. Durante horas interminables, vagaron a lo largo del Guadalquivir en busca de un lugar por donde poder vadear el río, profundo y ancho. Para quienes lograron alcanzar la otra orilla, el calvario no se había terminado. Aún debían atravesar las líneas enemigas para llegar a las posiciones republicanas. Por todas partes les acechaba el peligro ya que nadie sabía a ciencia cierta dónde se encontraba el enemigo.
Mientras los voluntarios cruzaban un bosquecillo, Constantin Burcă se desplomó. Una bala le había dado en la cabeza dejándolo muerto al instante. Desde los olivos, el árbol cuyas ramas simbolizan la paz, se esparcía la muerte. Escondidos entre sus ramas, los moros disparaban a discreción. Descubiertos, empero, los voluntarios comenzaron a liquidarlos. Mihai Burcă había visto caer a su hermano, hermano que había sido, al mismo tiempo, su mejor amigo. Se habían criado juntos, habían estudiado y trabajado juntos. Lo recordaba hablando a unos camaradas del trabajo en los Talleres de la C.F.R.[10]… mientras sostenía entre sus manos un violín: había querido aprender a tocarlo. Pero no había tiempo para el dolor. Se agachó, le cerró los ojos, cogió su arma y siguió adelante. La muerte de Costache[11] Burcă, de otros voluntarios rumanos, serbios o búlgaros, checos o franceses, cuyos cuerpos acribillados por las balas duermen para siempre entre los olivos de las orillas del Guadalquivir, debía ser vengada. La tierra calcinada de España debía ser vengada, sus ciudades y sus pueblos mutilados, la sonrisa helada en tantos labios jóvenes… “¡Quien cae en la lucha por la libertad, nunca muere!”, decía Hristo Botev. No muere, porque sus ideales prenderán más adelante en los corazones de sus hermanos de ideas que luchan por hacerlos realidad. Aunando sus últimas fuerzas, los combatientes supervivientes del 9º batallón lograron escapar de aquel trágico atolladero.
Las graves y dolorosas pérdidas sufridas por el 9º batallón no fueron, sin embargo, en vano. Al atacar de través a las columnas fascistas que avanzaban, detuvo su ímpetu ofensivo dando tiempo a que llegaran al campo de batalla las unidades españolas y la XIV brigada internacional, y organizaran una línea de resistencia.
También en el sur de España, algo más al este de la zona donde encontró la muerte Costache Burcă, cayó luchando heroicamente otro voluntario rumano, Leontin Dorohoi.
Le conocí en París donde seguía cursos en la universidad. Era comunista y tenía relaciones con el grupo de la emigración rumana. Inteligente, instruido, Leontin era una especie de bohemio, algo despistado, algo desorganizado, pero un camarada admirable, generoso y lleno de afecto. Cuando se nos planteó la cuestión de ir a España, vaciló inicialmente: la facultad, los cursos, perdería un año de estudios, etc. Nosotros partimos y él se quedó. Pero de inmediato comenzó a lamentar sus dudas y pronto nos siguió. En noviembre se encontraba ya en España. Tras una corta instrucción (Leontin había hecho el servicio militar en Rumanía y era un muy buen ametrallador), fue enviado al sur. Allí, en las proximidades de Linares-Jaén, los republicanos se vieron obligados a efectuar en un momento dado una retirada. La única vía abierta pasaba por un estrecho valle, una especie de hoz por la que corría un afluente del Guadalquivir. El enemigo avanzaba, la suerte de la unidad republicana dependía del modo en que pudiera asegurarse la retirada.
Leontin Dorohoi se ofreció a cubrir la retirada de sus camaradas. Era uno de los mejores ametralladores de la unidad. Las posibilidades de que él mismo pudiera retirarse eran casi inexistentes; Leontin lo sabía muy bien, pero eso no le hizo vacilar. Es en los momentos de las grandes pruebas cuando los hombres se muestran en su verdadera luz. El hombre que había dudado en París no titubeó un segundo. Se apostó con la ametralladora en un punto en que el camino de acceso del enemigo estaba al alcance de su arma y permaneció allí hasta que el último soldado republicano se hubo retirado. Pero el voluntario rumano pagó con su vida su valentía.
Un nombre más se añadía a la lista de los luchadores caídos por la causa de la libertad: Leontin Dorohoi, de 26 años de edad.
LAS ROZAS-MAJADAHONDA
A pesar del fracaso sufrido en la ofensiva de noviembre-diciembre, Franco no renunció a la conquista de Madrid.
Tras la gran derrota sufrida por las tropas fascistas a las puertas de Madrid, la guerra entró en una nueva fase al transformarse en un conflicto de larga duración. Franco y sus amos de Berlín y Roma se habían convencido de que la guerra de España no iba a ser un simple paseo, como habían imaginado. Alemania e Italia redoblaron su intervención militar.

Con hombres y armamento, el mando franquista, junto con los consejeros enviados por Hitler y Mussolini, elaboró el plan estratégico de una nueva ofensiva contra Madrid, en el sector Las Rozas-Majadahonda (al noroeste de Madrid).
Por la masiva concentración de tropas observada al oeste de la capital y por las declaraciones de quienes desertaban del ejército franquista se supo que se preparaba una gran acción militar. Pronto, todo el frente, desde Villanueva del Pardillo a Aravaca, pasando por Majadahonda, Las Rozas, Pozuelo de Alarcón y Húmera, se convirtió en el teatro de feroces combates.
En la mañana del 3 de enero, tras un intenso fuego de artillería, la infantería fascista, apoyada por los tanques italianos y aprovechando que tenía enfrente batallones republicanos que entraban por primera en combate, rompió el frente, ocupó Pozuelo, Aravaca y se aproximó a Las Rozas y Majadahonda.
Una brigada española resistía entre El Plantío y La Remisa. Los batallones de la XI brigada, que ya habían pasado el duro examen de los combates en los alrededores de Madrid, salieron de sus refugios y se lanzaron, en condiciones sumamente difíciles, al asalto de las líneas fascistas.
Al día siguiente, los batallones “Edgar André” y “Thälmann” fueron atacados violentamente, pero se mantuvieron firmes en sus posiciones. Los carros blindados republicanos contraatacaron; el batallón “Thälmann” puso fuera de combate a dos batallones fascistas.
Los combates se sucedían con furia día tras día. Los bombardeos salvajes provocaban cientos de víctimas entre la población civil de Madrid. Pero la moral de la población de la capital se mantenía alta. Los madrileños estaban en las barricadas; el ambiente recordaba a los heroicos días de noviembre de 1936. Los bombarderos republicanos actuaron con extraordinaria eficacia provocando grandes daños a la aviación fascista en tierra.
Los combatientes de la XI brigada pasaron por momento dramáticos. El batallón “Edgar André” estuvo a punto de ser rodeado y destruido. Los tanques fascistas, en número de 5 ó 6, se encontraban a 15 metros de distancia. «¡Vienen los tanques! ¡Vienen los tanques!», se oía gritar. Los voluntarios, en peligro de muerte, no se movieron, no obstante, y continuaron disparando con sus fusiles y ametralladoras. Sus balas tenían muy poca eficacia, pero los tanquistas franquistas se asustaron y se retiraron.
El 7 de enero el batallón “Thälmann” fue cercado y prácticamente destruido. Sólo en una trinchera cayeron muertos 80 hombres.
Al finalizar la segunda ofensiva fascista contra Madrid, el batallón “Edgar André” contaba apenas con 120 hombres mientras el batallón “Thälmann”, golpeado si cabe aún más duramente, tenía sólo 32 supervivientes.
A costa de tales sacrificios consiguieron los combatientes antifascistas detener al enemigo. Las fuerzas republicanas y la XII brigada internacional, que llegaron para sustituir a los combatientes asediados de las unidades españolas y de los tres batallones internacionales, detuvieron definitivamente a los fascistas. El 16 de enero, las brigadas internacionales XII y XIV abrieron fuego intenso con todo su armamento contra la infantería fascista, aislaron a los tanques y los atacaron con granadas. Sorprendidos por la violencia del ataque, los fascistas se retiraron. Entre los combatientes antifascistas brotó un entusiasmo indescriptible. En el frente en que poco antes retumbaba el estruendo del combate, comenzaron a sonar poderosos el “Himno republicano” y “La Internacional”. Tras 13 días de intensos combates en que se batieron las unidades españolas e internacionales, la segunda ofensiva franquista contra Madrid fue aplastada con graves pérdidas para los fascistas.




[1] Doine, en rumano, plural de doină, endecha. [N. de los t.]
[2] Danza popular rumana en que quienes bailan lo hacen formando un corro y dados de las mano. [N. de los t.]
[3] El autor, al igual que Mihai Ardeleanu, era natural de la zona de Oradea, en el noroeste de Rumanía. [N. de los t.]
[4] Retraducción a partir del rumano. Podría tratarse de una confusión del autor con la cita de Publio Siro “Así como el ignorante está muerto antes de morir, el hombre de talento vive aun después de muerto”. [N. de los t.]
[5] Después de pasar en calidad de médico por los principales frentes españoles, tras la retirada de España y una corta estancia en Francia, llegó a la Unión Soviética donde murió en condiciones trágicas en 1941. [N. del A.]
[6] Error en el original que, en lugar de “a finales del siglo XVIII”, dice “a principios del siglo pasado”. [N. de los t.]
[7] Durante la guerra, la Oficina Nacional de Turismo de la República española publicó una serie de documentos sobre las destrucciones provocadas por los fascistas en el patrimonio espiritual del pueblo. He aquí algunos extractos:
“Alcalá de Henares, ciudad museo, fue mutilada por los fascistas.
La Iglesia de Santa María, en que se conservaba con amor y veneración la capilla y la pila bautismal en que fue bautizado el autor de “Don Quijote de La Mancha”, así como el monumento funerario del cardenal Jiménez de Cisneros, obra maestra del gran escultor florentino Domenico Francelli, elaborada en Carrara, no fueron respetados por los fascistas.”
Jacinto Benavente, laureado con el premio Nobel de literatura, escribió en concreto: “La destrucción de esta riqueza espiritual única e irrepetible representa un atentado cometido contra la cultura universal, un robo a las generaciones futuras… un pecado imperdonable para el que no existe redención.” [N. del A.]
Los textos citados en esta nota son retraducciones a partir del rumano. [N. de los t.] 
[8] Nicolae Iorga (1871-1940) fue un político, historiador y escritor rumano. Marxista en su juventud, murió asesinado a manos de los fascistas rumanos de la Guardia de Hierro. [N. de los t.]
[9] Retraducción a partir del rumano. [N. de los t.]
[10] Compañía Nacional de Ferrocarriles de Rumanía. [N. de los t.]
[11] Costache es diminutivo de Constantin en rumano. [N. de los t.]

Ver Bajo el cielo de España: Capítulo V (1ª Parte)

Traducciones VALAKIA ROJA (VKR)

Bajo el cielo de España: Capítulo V (1ª Parte)

La participación de voluntarios rumanos en las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española fue muy importante. Más de 500 jóvenes comunistas del país balcánico respondieron, junto a otros muchos miles de antifascistas de todo el mundo, a la llamada de la Internacional para auxiliar al pueblo español de la agresión fascista perpetrada por la clase capitalista española y apoyada por los ejércitos nazis e italianos como ensayo de la cercana Segunda Guerra Mundial.

Uno de estos héroes fue Valter Roman, que sería el el comandante del batallón de artilleria rumano de la XI Brigada Internacional, y que contaría sus recuerdos sobre España en su libro "Sub cerul Spaniei: Cavalerii sperantei" (Bajo el cielo de España: Caballeros de la esperanza).


Por su interés, y debido a que todavía no lo ha sido traducido, nos disponemos a traducirlo al español y a publicarlo, en un primer momento por entregas, en este blog. Empezaremos por el capítulo V, en el que se cuenta, desde la perspectiva de Valter Roman y de los comunistas rumanos pertenecientes a las Brigadas Internacionales, la mítica resistencia de los madrileños ante la embestida de las criminales hordas franquistas, que fueron incapaces de tomar Madrid hasta la rendición final del ejército republicano frentados por el valor y el antifascismo de los milicianos y los trabajadores de la capital (junto a los voluntarios internacionales, entre ellos los rumanos), al grito de "No pasarán".


Aquellos comunistas rumanos, los que hicieron el siguiente llamamiento a sus compatriotas en plena Batalla de Madrid advirtiendo de la amenaza fascista sobre todos los pueblos de Europa, como también Rumanía, son los protagonistas de este libro:


“…En los campos de batalla de España no se decide sólo el destino del pueblo español: el ejército republicano ha emprendido una lucha a vida o muerte por la paz en todo el mundo, por la libertad y la independencia de todos los pueblos. Los voluntarios rumanos encuadrados en las filas del ejército popular español, en las filas de las Brigadas Internacionales, luchan por la libertad, la paz y la independencia de nuestro pueblo, amenazado por la Alemania hitleriana y la Hungría de Horthy…”


Colectivo Valakia Roja (VKR)


CAPÍTULO V: NO PASARÁN (PRIMERA PARTE)


LA PRIMERA OFENSIVA CONTRA MADRID

La historia de la participación de las Brigadas Internacionales –en cuyas filas lucharon también, como he señalado, cientos de voluntarios rumanos- en la guerra de España está ligada, en primer lugar, a la batalla de Madrid.

Pero antes de hablar de la gran epopeya de Madrid, debo mencionar, siquiera sea de pasada, a un grupo de voluntarios antifascistas que tomaron parte en las diferentes acciones militares contra los rebeldes, antes incluso de que se constituyeran las Brigadas Internacionales. Desde los primeros días de lucha, en Irún, en la Sierra de Mallorca, en Aragón, decenas, cientos de hombres del trabajo, de demócratas de distintas nacionalidades, lucharon codo con codo junto a sus hermanos españoles. Había entre ellos trabajadores manuales e intelectuales: peones, mineros, artesanos, profesionales liberales, profesores, todos vestidos con el habitual mono[1] –el uniforme de trabajo y de lucha-, que escribieron juntos, con sangre, las primeras páginas de la historia y el heroísmo de los voluntarios internacionales en España.

En Irún también lucharon algunos rumanos que se encontraban en Francia en el momento de la rebelión fascista y que fueron de los primeros en pasar a España. Entre ellos figuraba el Dr. Andrei Tilea, a cuya participación en la lucha en el norte de España y heroica muerte en el frente de Asturias me referiré más adelante.

La batalla de Irún comenzó la mañana del 25 de agosto de 1936, con el ataque desencadenado por los rebeldes a lo largo del valle del río Bidasoa, de uno y otro lado de la carretera Pamplona-Irún. La resistencia de las milicias, que defendían el terreno metro a metro, provocó, no obstante, enormes pérdidas a los rebeldes en relación con los efectivos empleados.

Las tropas del general Mola, los requetés[2], y los falangistas, del general Franco, tropezaron con dificultades tan grandes que, tras una serie de asaltos infructuosos y a un alto precio, el mando “nacionalista” se vio obligado a recurrir a todos los medios técnicos que, en abundancia, los aliados exteriores de la rebelión habían comenzado a poner a su disposición por aquellas fechas.

El día 30 de agosto llegaron al frente, en efecto, baterías de artillería pesada, carros de combate, aviones y nuevas unidades del tercio[3] y regulares[4].

A pesar de la abrumadora superioridad en hombres y armamento, los rebeldes no lograron conquistar Irún hasta el 5 de septiembre al mediodía. La noche anterior, el corresponsal de la agencia “Radio” telegrafiaba a París las siguientes líneas:

“Vengo de regreso de Irún en este preciso instante. La resistencia de los milicianos ha sido encarnizada. Los que han caído han tenido al menos la satisfacción de morir como héroes. Pero, ¿qué podían hacer esos pocos cientos de milicianos, desprovistos de armas automáticas, de cañones y, sobre todo, de munición, contra la aplastante superioridad numérica de un adversario fuertemente armado? Los milicianos han resistido, con todo y con ello, a lo largo de doce días, lo que es verdaderamente un milagro de invencible valentía.”

Apenas salidos del infierno de Irún, los pocos milicianos que, con las cartucheras vacías, se habían resignado a cruzar la frontera con Francia, solicitaron que se les permitiera volver de regreso a España para retomar la lucha por la libertad.

Después de la caída de las ciudades del norte, Irún y San Sebastián, los rebeldes españoles, con el poderoso apoyo de los fascistas alemanes e italianos, comenzaron a concebir planes mayores. Pusieron en su punto de mira la capital, Madrid. Las tropas franquistas, mandadas por el general Mola, se dirigieron a la ciudad por cuatro direcciones diferentes: la primera, desde el sur, por la línea Toledo-Getafe; la segunda, desde el oeste, por Maqueda-Navalcarnero; la tercera, con tropas dirigidas personalmente por el general Mola, desde el frente de Guadarrama; y la cuarta, desde el nordeste, a lo largo del río Jarama. El plan de Franco-Mola era “magnífico”. Afirmaban a los cuatro vientos que, además de estas cuatro columnas, contarían con una quinta que se encontraba en el interior del mismísimo Madrid y que, de hecho, conquistaría la capital de España. Compuesta de todo tipo de elementos fascistas, de esta “quinta columna”[5], que debía intervenir a las órdenes de Mola, una parte se escondía en diferentes embajadas extranjeras de Madrid.

Los fascistas fijaron también el día de su entrada en la capital: el 7 de noviembre. La ocupación de Madrid el día en que el proletariado mundial celebra la Gran Revolución Socialista de Octubre iba a constituir sin duda un doble golpe, militar y moral, asestado a las fuerzas del progreso. Por la radio, el general Mola anunció también que ese día se tomaría el café en la Puerta del Sol[6].
Bateria "Tudor Vladimirescu" del regimiento rumano de artilleria motorizada
Pero el pueblo español estaba decidido a defender a cualquier precio su capital. El Partido Comunista de España llamó a las masas a la lucha. Y todos, hombres, mujeres, jóvenes y viejos, respondieron con entusiasmo. Todo el mundo quería tener un arma. Quienes no pudieron conseguir un fusil se hicieron con una azada, con un pico. Los miembros de la dirección del partido dieron ejemplo en persona al salir los primeros a la calle a trabajar en las fortificaciones. Cada día se les unían miles de hombre y mujeres, jóvenes, viejos e incluso niños. Se levantaban barricadas, se excavaban trincheras.

Testigo de este intrépido levantamiento de las masas, no pude dejar de recordar a aquel hombre sencillo evocado por Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales que aseguraba a los generales de Napoleón: “Mi pueblo ha declarado la guerra a Napoleón” y seguía así: “si Valdesogo de Abajo y Navalagamella, que son dos pueblos como dos lentejas comparados con la grandeza de todo el Reino, se ponen en ese pie, los demás lugares y ciudades harán lo mismo, y entonces, (…) no quedará un francés para contarlo”[7].

Madrid esperaba lleno de determinación al enemigo. Las fuerzas fascistas habían logrado penetrar en la periferia de la capital. Carabanchel, Usera y otros barrios estaban amenazados. Pero las milicias, dirigidas por comisarios políticos, mandos y dirigentes del partido que tomaban parte en la lucha con las armas en la mano, plantaron cara heroicamente al avance del enemigo. En el transcurso de la defensa de Madrid se puso de manifiesto la capacidad de combate del famoso Quinto Regimiento, cuerpo de elite creado en julio por el Partido Comunista de España y convertido, por iniciativa de Líster y Carlos Contreras, en un verdadero centro de organización de las unidades militares, una escuela de cuadros.

Los soldados del regimiento sobre quienes recayó en esos días decisivos la misión de defender Madrid estaban ya por entonces mejor armados que en los primeros meses de lucha.

Los fascistas atacaron con violencia pero no lograron atravesar la férrea línea de defensa de Madrid. El día 7 de noviembre llegó y se fue. Madrid había permanecido en manos de los republicanos. Bromeando sobre la arrogancia del comandante de las tropas franquistas, los madrileños se preguntaban entre risas: “¿Qué pasó con Mola? Hace mucho que se le enfrió el café… que pretendía tomarse en una de las cafeterías del centro de Madrid”. Aquel día, sin embargo, entraron en Madrid otras fuerzas, fuerzas amigas de la República española: las primeras unidades de las Brigadas Internacionales. Así describe Dolores Ibárruri en su libro de memorias El único camino[8] la especial emoción provocada por la entrada de los brigadistas en el Madrid amenazado por los fascistas:

“Pasan las horas y la tensión se hace insoportable. Con los puños apretados, con el oído atento y la mirada fija, allá, donde el enemigo acecha, donde el enemigo repta, donde el enemigo tantea y busca un resquicio, un punto débil para irrumpir por él, para lanzar al asalto sus mesnadas, los madrileños esperan…

Esperan… en el silencio preñado de amenaza, de peligros, de sangrientas sorpresas, comienza a oírse un rumor acompasado, rítmico, estremecedor, de firmes pisadas, que crece, que se aproxima… Se escucha ya distintamente el golpear de botas herradas sobre el pavimento de las calles.
Hay un momento de estupor, de indecisión. ¿Quién viene? ¿Quiénes son los que se acercan? ¿Quiénes son esos hombres que el 7 de noviembre de 1936 marchan por las calles de nuestro Madrid, mudos, erguidos, severos, con el fusil al hombro y la bayoneta calada haciendo temblar el suelo bajo sus pies?

Tras las entornadas ventanas, miradas febriles siguen el paso de los que avanzan, mientras las manos se crispan sobre las armas, sobre las bombas prestas a ser lanzadas. Las mujeres desesperadas dicen a los hombres: «¡Han entrado! ¿A qué esperamos?»

Se oye una orden, una voz de mando, en una lengua extraña que corta como un latigazo el aire de la calle. Las primeras estrofas de un himno cercano y entrañable acompañan el rítmico movimiento de los desconocidos. El aire se llena de sones y palabras vibrantes, solemnes, que estremecen a los madrileños.
(…)

¡Los hombres que desfilan por las calles de Madrid sitiado cantan La Internacional en francés, en italiano, en alemán, en polaco, en húngaro, en rumano…!

(…)

El pueblo madrileño se lanza a la calle al encuentro de los que ya sabe son amigos. Y hombres y mujeres en impulso incontenible y emocionado, abrazan llorando a los combatientes de las Brigadas Internacionales.”

Primer cañon rumano que participó en la defensa de Madrid
En los siguientes días salieron de Albacete otras unidades de las Brigadas Internacionales. Los primeros tres batallones –“Edgar André”, “Comuna de París” y “Dombrovski”, la futura XI Brigada- se encontraban ya en el principal escenario de lucha.

“Madrileños –se decía en un llamamiento de las Brigadas Internacionales-, hemos llegado para defender vuestra capital con el mismo ímpetu que si fuera la capital de cada uno de nosotros. Vuestro honor es el nuestro. Vuestra lucha es la nuestra”.

Ese mismo día, Madrid, con la misma emoción, conoció otro aspecto de la solidaridad internacional. En el espacio aéreo de la capital aparecieron unos aviones desconocidos que no ametrallaban ni lanzaban bombas… Era una escuadrilla de aviones soviéticos I-15 e I-16, los Chatos y las Moscas, como los bautizaron más tarde los españoles, que venía a participar en la defensa de la República.

El 9 de noviembre, la XI Brigada tomó por primera vez “contacto” con el enemigo. Fue enviada a defender una posición extremadamente peligrosa. El día antes, las tropas enemigas consiguieron cruzar por sorpresa el río Manzanares. A unos cientos de metros del río se levantaba, imponente, Madrid. Había que rechazar al enemigo más allá del Manzanares. Hacia allí se dirigió el batallón “Edgar André”, en tanto que los otros dos batallones fueron enviados a cortar el paso a los fascistas en la Ciudad Universitaria.

La noche del 9 al 10 de noviembre, el batallón “Edgar André” contraatacó en el Puente de los Franceses que, después de enconados combates, consiguió reocupar, expulsando al enemigo más allá del Manzanares.

“En estos combates vemos también a los primeros voluntarios rumanos. Defienden el Puente de los Franceses”[9], escribió Luigi Longo en el volumen “Las Brigadas Internacionales en España” del que están extraídas también sus otras apreciaciones sobre la participación en combate de las unidades rumanas. Todos y cada uno de los voluntarios dieron en esta batalla contra unas fuerzas superiores muestras de valentía, abnegación y disciplina. Los hombres se animaban unos a otros, se enardecían, y el resultado fue un entusiasmo general. Durante seis días, el batallón “Edgar André” defendió con denuedo el Puente de los Franceses. Al describir los combates que allí tuvieron lugar, Vicente Rojo, comandante de las fuerzas de defensa de Madrid, dice: “Al filo de la madrugada no cesan los ataques; una unidad del tercio, luego otra; un tabor[10] de soldados, otro, tres incluso; seis carros blindados, diez, veinte; ataques repetidos con insistencia con todo tipo de medios; todos son rechazados; algunos núcleos logran pasar, pero de inmediato aparecen los nuestros, contraatacan y obligan al agresor a regresar a la otra orilla del río”[11]. El Puente de los Franceses no pudo ser atravesado y el pueblo español inmortalizó en una canción la hazaña de los voluntarios internacionales:

Puente de los Franceses
Mamita mía

Nadie te pasa

Allí, en el Puente de los Franceses, en condiciones que merecen ser recordadas, entró en combate, por vez primera y además en primera línea, el primer grupo de voluntarios rumanos. Ya he señalado en qué consistió aproximadamente la instrucción recibida en Albacete. Tampoco se pudo respetar nuestra distribución entre las diferentes armas. Aunque, en principio, como ingeniero, debía ir a artillería, en aquella primera acción participamos todos como soldados de infantería. De haber sido así las cosas todo habría salido bien, pero éramos soldados de infantería sin armas. Una noche, cuando la difícil situación impuso la entrada en combate del batallón “Edgar André”, fuimos conducidos al sector correspondiente y ocupamos las trincheras. Teníamos de media aproximadamente un fusil por cada 2 ó 3 hombres. Y todos hervíamos en deseos de agarrar una arma y disparar a los fascistas… ¡A cuánta amargura quedó unido para muchos de nosotros ese instante de alegría en que, por fin, lográbamos disparar!: el fusil había pertenecido hasta hacía unos segundos al camarada que tenías al lado y que, ahora, yacía gravemente herido o muerto.

Los brigadistas internacionales defendieron con denuedo también otros puntos de los alrededores de la capital: la Ciudad Universitaria, la Casa de Campo. Junto a otros combatientes, los voluntarios rumanos comenzaron a distinguirse por su valentía.

El 16 de noviembre, después de la batalla del Puente de los Franceses, la XI Brigada fue enviada a defender la Ciudad Universitaria junto a las unidades dirigidas por Durruti[12], los dinamiteros asturianos y otras unidades republicanas. El batallón “Edgar André” –en cuyas filas combatían la mayoría de los voluntarios rumanos que se encontraban en aquel momento en España-, el batallón francés y el batallón “Thälmann” –que hasta entonces había formado parte de la XII Brigada- ocuparon sus posiciones.

EN LA CIUDAD UNIVERSITARIA

La situación en el frente de la Ciudad Universitaria era de continuo cambio. Por cada casa, por cada metro cuadrado de tierra tenían lugar violentísimos combates. El aire se estremecía con el fragor de las descargas de fusilería, las explosiones de las granadas, el estallido sordo de la artillería. Los fascistas querían tomarse la revancha tras la derrota del Manzanares.

Pero los republicanos españoles y los brigadistas internacionales lucharon con una tenacidad insólita: con las ropas rotas y los rostros ennegrecidos de polvo, barro y pólvora resistieron la furiosa presión del enemigo, le siguieron en cada uno de sus movimientos, rechazaron ataque tras ataque.

A veces el enemigo se encontraba a unos cientos de metros de distancia, otras a sólo unas decenas. En ocasiones, las fuerzas republicanas y las franquistas estaban incluso en el mismo edificio. En semejante situación, durante los combates de la Ciudad Universitaria, los voluntarios rumanos que participaron en la batalla de Madrid cumplieron con éxito una difícil misión.

…La noticia se había difundido con la celeridad del rayo por los laboratorios y salas de la Facultad de Medicina. Los hombres se abalanzaron a las ventanas a comprobar el rumor. Era cierto. En el edificio de enfrente, que se encontraba a unas decenas de metros de distancia, los fascistas habían penetrado en la planta baja, mientras en el piso superior había soldados de las fuerzas republicanas.

La situación de los camaradas que habían quedado en el edificio era, sin lugar a dudas, desesperada. Pero, tampoco la de los que, consternados, miraban lo que allí sucedía, a unas decenas de metros de distancia, era mejor. El enemigo había instalado en un lugar adecuado un nido de ametralladora y ya martilleaba con insistencia el edificio de enfrente.

Estaba claro que había que desalojar a los fascistas lo más rápido posible del edificio que habían ocupado. Pero, ¿cómo? Los hombres se reunieron alrededor del comandante del sector que había venido a evaluar la situación y a adoptar medidas. Comenzaron las propuestas:

-¡Asalto a la bayoneta!...

-¡Nos lanzamos al ataque con granadas!...

El comandante sin embargo no las aceptó. Habrían provocado la pérdida inútil de algunos de los hombres que hubiesen tomado parte en la acción. Los fascistas los habrían aniquilado antes de poder hacer nada. “Pienso en otra cosa. Ya veréis.” Y se fue. Cruzó el edificio de la Facultad de Medicina, atravesó un patio interior, marchó por los pasillos de otros edificios y llegó a un terreno más alejado donde se encontraban los artilleros de la batería “franco-belga”.

Les dijo de qué se trataba y luego añadió:

-La salvación sólo puede venir ahora de los artilleros. Os advierto, sin embargo, de que para esto se necesitan hombres valientes, dispuestos a cualquier sacrifico.

Y les explicó su plan. Aprovechando la oscuridad de la noche, los artilleros debían llevar un cañón lo más cerca posible del edificio ocupado por los fascistas. Desde allí, tendrían que disparar de tal modo que los obuses golpearan directamente en la planta baja, ni un metro más arriba pues allí estaban los nuestros. Casi a una sola voz, los artilleros rumanos y franceses de la batería se ofrecieron a llevar a cabo esta misión. Ellos, con su viejo “Krupp 77”.

-Bien, de acuerdo. Pero no lo olvidéis: prudencia, calma y sangre fría…

Roman junto a Ana Pauker, en los primeros años tras la
liberación de Rumanía por el Ejército Rojo
El comandante se había ido… El grupo de artilleros rumanos y franceses esperó con impaciencia la caída de la noche. En plena noche, cuando la oscuridad fuese impenetrable, debíamos transportar el cañón, sin ser notados, lo más cerca posible del edificio de enfrente… Cargamos con él a fuerza de brazos. El camino, bastante corto, nos llevó sus dos buenas horas… Pero logramos llevarlo al lugar indicado sin que el enemigo sospechase de nosotros. Permanecimos inmóviles, en espera de que se desvaneciera algo la oscuridad para poder disparar. Finalmente, un murmullo apresurado: ¡Es el momento! ¡Atención! Y ordené: ¡Fuego!

Un potente cañonazo sacudió el aire. El edificio tembló de arriba abajo, golpeado de lleno. En el lugar de una ventana de la planta baja se abrió un boquete negro envuelto en humo y polvo. El cañón disparó aún varias veces con precisión, rasante, contra la planta baja, abriendo nuevas brechas.

En ese momento, los del piso superior, que habían estado esperando con impaciencia la acción (la línea telefónica no se había interrumpido y los hombres estaban sobre aviso) se lanzaron escaleras abajo, atacaron a los ocupantes y liberaron el edificio. El valor y la sangre fría reportaron un nuevo éxito a los combatientes antifascistas.

***

…Pero el enemigo presionaba por todas partes. La necesidad de apoyo de la República, de contrarrestar la política intervencionista del fascismo alemán e italiano crecía… El mando de las Brigadas Internacionales decidió que representantes de todas las naciones presentes en los frentes republicanos se dirigieran a los gobiernos y pueblos de sus respectivos países para hacer un llamamiento a la solidaridad con la República española.

Los camaradas Luigi Longo y André Marty nos ofrecieron también a nosotros, los rumanos, la posibilidad de dirigirnos por radio a nuestro pueblo en nombre de los voluntarios rumanos. Un día de noviembre de 1936, la radio U.T. Madrid transmitió en lengua rumana nuestro llamamiento:

“…En los campos de batalla de España no se decide sólo el destino del pueblo español: el ejército republicano ha emprendido una lucha a vida o muerte por la paz en todo el mundo, por la libertad y la independencia de todos los pueblos. Los voluntarios rumanos encuadrados en las filas del ejército popular español, en las filas de las Brigadas Internacionales, luchan por la libertad, la paz y la independencia de nuestro pueblo, amenazado por la Alemania hitleriana y la Hungría de Horthy…

¡Camaradas y conciudadanos!

Os llamamos a intensificar la campaña en defensa de España. Luchad para que al pueblo español se le conceda una ayuda legal, enviad vuestros escritos al gobierno y a las organizaciones sociales…”

…Mientras los batallones de la XI Brigada luchaban en los alrededores de Madrid, la XII Brigada, comandada por el general Lukács, entró en combate por primera vez en el Cerro de los Ángeles.

Al no poder ocupar Madrid, los fascistas trataron entonces de prolongar el frente hacia el sudoeste. Ocupaban allí una posición clave, el Cerro de los Ángeles, baluarte natural desde donde dominaban todo el llano del sur de Madrid. Ante la aproximación de las tropas republicanas, los fascistas se replegaron a toda prisa en trincheras de hormigón, tras los resguardos y parapetos levantados en los muros del baluarte y esperaban con las armas preparadas.

De repente, todas las armas abrieron fuego: fusiles, ametralladoras, cañones, morteros, granadas. Durante horas y horas, españoles y brigadistas (entre los que se encontraba también un grupo de voluntarios rumanos) resistieron bajo ese violento fuego. El alcor parecía envuelto en las llamas de un incendio colosal, lo que nos hizo –según me dijo uno de los voluntarios rumanos- cambiarle el nombre de Cerro de los Ángeles por el de Cerro Rojo. Las fuerzas antifascistas atacaron con valor y entablaron tenazmente un combate desigual. Su misión, golpear por el flanco a las fuerzas fascistas que atacaban Madrid para facilitar la tarea de las fuerzas republicanas que defendían la capital desde el interior, fue cumplida.

…Al sudoeste de Madrid, las fuerzas fascistas atacaron encarnizadamente la Casa de Campo. Intensos bombardeos precedieron el avance de los tanques y la infantería. Entre los viejos olivos, los republicanos excavaron refugios y se defendieron cuanto pudieron de la aviación enemiga… De repente, aparecieron los tanques. Enormes, amenazadores, se dirigieron hacia las líneas de los brigadistas. Pero nadie abandonó su puesto. La consigna lanzada por los comisarios políticos: “No temáis a los tanques; su efecto es, sobre todo, de orden moral” había dado sus frutos. Era verdad: las fuerzas republicanas estaban peor pertrechadas pero la técnica militar fascista se mostró en innumerables ocasiones impotente ante el valor y el ánimo de las fuerzas republicanas. Lo mismo ocurrió también allí. Aunque desprovistos de armamento antitanques, con un valor excepcional, los hombres hicieron frente a los carros con granadas de mano y bidones de gasolina, logrando poner fuera de combate algunos de ellos.

NOTAS DE LA PRIMERA PARTE

[1] Salvo indicación en otro sentido, todas las palabras en cursiva aparecen en español en el original en rumano. [Nota de los traductores]
[2] Tropas monárquicas. [Nota del Autor]
[3] Unidades militares formadas por mercenarios extranjeros que actuaban de hecho en las colonias y estaban integradas, en especial, por moros al mando de oficiales españoles ultrarreaccionarios. [N. del A.]
[4] Tropas regulares del ejército franquista. [N. del A.]
[5] La expresión “quinta columna”, que entró posteriormente en el vocabulario de todos los países –en especial, en vísperas y en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial- tiene su origen en la historia de la guerra de España [N. del A.].
[6] La Puerta del Sol es una famosa plaza del centro de Madrid. [N. del A.]
[7] En rumano en el original. [N. de los t.]
[8] En rumano en el original. [N. de los t.]
[9] Retraducción desde el rumano. [N. de los t.]
[10] Palabra marroquí. Nombre dado a las unidades marroquíes bajo mando de suboficiales y oficiales extranjeros. [N. del A.]
[11] Retraducción desde el rumano. [N. de los t.]
[12] Dirigente anarquista y hombre de gran valor personal. [N. del A.]

El ajusticiamiento del zar Alexandro II

El 1 de marzo de 1881 un grupo de nihilistas, La voluntad del pueblo (Narodnaya Volia, en ruso)., ajusticiaba al zar Alexandro II en una calle de San Petersburgo. El grupo perseguía la emancipación del pueblo ruso del yugo zarista, preconizando para ello la acción directa y la propaganda por los hechos, a la vez que intentaban concienciar a las masas de su alto destino revolucionario. En su visita a la Unión Soviética, en 1928 y 1929, el periodista español León Villanúa relató sus experiencias en la patria de los trabajadores, La Rusia inquietante, incluyendo un interesante y detallado relato del atentado contra el zar Alexandro II, en el que se explica desde la planificación hasta la ejecución del mismo.

A continuación, lo reproducimos por su interés, junto a la pieza dedicada por el compositor soviético Shostakovich a la que "era el alma de aquellas empresas", Sofia Perovskaya; en realidad en honor de todos aquellos luchadores que dieron su vida en su lucha por un mundo sin explotación de unos hombres por otros.

COLECTIVO VALAKIA ROJA (VKR)

Litografía por D. Rudneva. 1881.

"Ésta es una confitería histórica: aquí se reunieron el 1 de marzo de 1881 los nihilistas que asesinaron al zar Alejandro II; por eso yo, siempre que tengo dinero, me atiborro de estos pasteles largos que tanto gustaban a [Ignatii] Grinevitski…

-Cuénteme, ¿cómo fue eso?

-Verá usted. En vista del fracaso de toda una serie de atentados contra el zar, el Comité Ejecutivo del Partido La Voluntad del Pueblo constituyó en el otoño de 1880 una comisión técnica especial encargada de forjar un proyecto práctico para acabar con la vida de Alejandro II. Entre sus miembros figuraba la mayoría de los que, meses después, tomaron parte muy activa en el regicidio. Uno de ellos era [Nikolái] Kibalchich, el sabio químico del partido. La mayoría de la comisión y casi todo el Comité Ejecutivo eran partidarios del atentado por medio de una mina colocada bajo una de las calles de Petersburgo por donde el zar acostumbraba a pasar en coche casi diariamente. Tras largas deliberaciones, se adoptó dicho plan. El Comité Ejecutivo decidió poner a contribución todo cuanto estuviera a su alcance para asegurar el éxito de la nueva intentona.

Ignati Grinevizky
Se designó para ser minada una de las principales calles de la capital, llamada Calle de los Jardines. A fin de diciembre, dos terroristas, [Yuri] Bogdanovich y la señora [Anna] Yakimova, haciéndose pasar por un matrimonio que se dedicaba al comercio, alquilaron en la citada calle una lechería. Al punto, los revolucionarios más expertos, [Andréi] Zheliabov, Kibalchich, Grinevitski, [Nikolái] Sujanov y otros muchos, pusieron manos a la obra.

Se hizo gran acopio de explosivos y, después de dos meses de penosos trabajos, se dio fin a la excavación de una cueva, donde se colocó una mina de gran potencia.

A fines de febrero, todo estaba dispuesto. Pero, en previsión de que el atentado pudiera fracasar, la comisión técnica se dedicó al planeamiento de otro. Por si el zar no pasaba por la Calle de los Jardines, se decidió recurrir a las bombas inventadas por Kibalchich. Los más fervientes partidarios de este proyecto eran Zheliabov y Grinevitski (el que con una bomba, algún tiempo después, mató al zar).

La policía estaba sobre aviso. Tenía noticias vagas de que los terroristas preparaban un atentado por medio de una mina en una de las calles de la capital; pero no consiguió, a pesar de todas sus indagaciones y de la intensificación del espionaje, obtener informes precisos. Las detenciones llovían. Los gendarmes registraban centenares de casas en los barrios por donde solía pasar Alejandro II. Por casualidad, fueron también detenidos algunos de los terroristas que trabajaban en el subterráneo de la Calle de los Jardines; pero eso no sirvió de nada, pues los detenidos se encerraban en un absoluto mutismo. Sin embargo, la situación se hacía difícil para los terroristas y el Comité Ejecutivo decidió apresurar los preparativos del atentado, que cada día se inclinaba más a realizar valiéndose de bombas. El 20 de febrero, empezó a explicar Kibalchich por las noches, en un círculo secreto, un curso práctico sobre el manejo de las bombas inventadas por él, sobre su potencia, etc. Su auditorio era poco numeroso, pero seguro; casi todos los que lo formaban tomaron parte, algunos días después, en el asesinato del zar.

Muchas veces, Kibalchich, Grinevitski y algunos otros conspiradores hicieron excursiones a los alrededores de la ciudad para ensayar las bombas, lanzándolas al suelo en parajes por competo desiertos. Todas las experiencias dieron buenos resultados; las bombas estallaban.

La noche del 28 de febrero, los terroristas, reunidos en su alojamiento secreto, fijaron definitivamente el día siguiente para la realización del atentado. Sabían que el zar tenía que pasar una revista en el patio de la Guardia Imperial.

Toda la noche, Kibalchich y sus compañeros estuvieron fabricando bombas en casa de la famosa revolucionaria Vera Figner.

El domingo por la mañana, muy temprano, tuvo lugar, en casa de otra célebre terrorista, Gesia Gelfman, la reunión de los que habían sido designados para realizar el atentado: Sofia Perovskaya, Grinevitski, [Nikolái] Rysacov, [Timofei] Mijáilov y [Iván] Emelianov. Sofia Perovskaya llevó en un paquetito dos bombas y notició que la Policía acababa de detener a Zheliabov. Media hora después llegó Kibalchich, llevando también dos bombas.

Sofia Perovskaya, que era el alma de aquellas empresas, dijo que en la Calle de los Jardines “se esperaba ya al zar”. Los bombistas debían apostarse en los extremos de dicha calle y procurar matar al zar, en caso de que el atentado de la mina, por alguna razón, no tuviera éxito. La Perovskaya dibujó con lápiz el plano del lugar, señalando con una cruz el sitio de cada bombista. Convino con ellos también la señal tras la cual debían acercarse por ambos lados al coche del zar y lanzar las bombas.

Grinevitski, como el revolucionario más experto y seguro, debía ocupar el puesto de mayor responsabilidad e iniciar el lanzamiento de las bombas.

Hacía las once de la mañana todos estaban ya en su sitio con las bombas en la mano envueltas en pañuelos.

Una hora después, Sofia Perovskaya, que se paseaba entre los cuatro bombistas para dirigir las operaciones, supo que el zar había cambiado de itinerario y se había dirigido al cuartel de la Guardia Imperial, no por la Calle de los Jardines, sino por otra paralela. Supo también que, al volver al Palacio de Invierno, pasaría a lo largo del Canal de Catalina. Al punto dijo por señas a los bombistas que se colocasen a lo largo del Canal.

Después de pasar revista a su guardia, el zar, en su coche, se encaminó a Palacio por la orilla del Canal. Como pululaban por allí los espías y era peligroso permanecer mucho tiempo en el mismo sitio con las bombas en la mano, los terroristas se detuvieron media hora en esta confitería que estamos ahora, cuyas ventanas dan al Canal y desde donde se podía ver, por consiguiente, cuanto sucedía en la calle. Grinevitski, cuya bomba mató poco después al zar, se comió tranquilamente un pastel, a pesar de que no ignoraba que de un momento a otro le esperaba una muerte segura.

A cosa de las dos, todos estaban ya en su puesto. La Perovskaya pasó revista a su pequeña tropa y le hizo, por señas, las últimas indicaciones. Luego, atravesó el puente y, desde el otro lado del Canal, miró ansiosa a sus compañeros, pendiente el alma de su actitud, de sus movimientos.

No tardó en llegar el coche del zar. Eran las dos y cuarto. Rysacov, que era el que se hallaba más cerca del coche, lanzó su bomba. Una terrible explosión resonó. Los cosacos y el soldado que iba junto al cochero y el propio cochero cayeron al suelo gravemente heridos. El zar saltó a la tierra sano y salvo.

Los asesinos del zar (grabado de la época)
-¿Han detenido al criminal? –preguntó a los que le rodeaban.

A pocos pasos de distancia, junto a la baranda del Canal, los policías y los cosacos detenían a Rysacov.

El jefe de la Policía, que estaba al lado del zar, le aconsejo que regresase a toda prisa a Palacio; adivinaba que Rysacov no estaba solo y que eran de temer nuevos atentados terroristas. El zar, dispuesto a seguir su consejo, se dirigió al coche del jefe de Policía.

-¡Gracias a Dios –le dijo a alguien de su séquito-, me he librado de la muerte!

-¡Todavía no se sabe! –respondió Rysacov, que había oído sus palabras.

Rysacov veía a sus compañeros acercarse por ambos lados y estaba seguro de que el zar no se libraría de la muerte. En efecto, momentos después, Alejando II se hallaba a tres pasos de Grinevitski. Éste, para que fuera más seguro el efecto de su bomba, la tiró con todas sus fuerzas contra el suelo, entre él y el zar. De nuevo resonó una formidable explosión. Una nube de humo y de nieve envolvió todo. Durante algunos segundos fue imposible ver nada. Cuando desapareció la nube, se vio al zar apoyada la espalda contra la baranda del Canal, mortalmente pálido, ensangrentado, medio sentado sobre sus piernas mutiladas. Junto a él, empapado en sangre, hecho pedazos, estaba su manto. A algunos pasos yacía herido de muerte Grinevitski, desfigurado el rostro por numerosas heridas. Había también otros heridos, casi todos pertenecientes al séquito del zar. Todos fueron trasladados inmediatamente al hospital vecino. Grinevitski sólo volvió en sí un breve instante, hacía las nueve de la noche. El gendarme que había a su cabecera le preguntó:

-¿Cómo se llama usted?

El otro le miró, y haciendo visible esfuerzo, le contestó:

-No diré nada.

Fueron sus últimas palabras. Media hora después expiró. A pesar de todo cuanto hizo para saber el nombre del que había matado al emperador de todas las Rusias, la Policía no consiguió nada. Hasta algunos meses más tarde, ni el Gobierno ni el pueblo supieron que la bomba homicida había sido lanzada por la mano de Grinevitski. Alejando II murió algunas horas antes que su matador".
Villanúa, León: La Rusia inquietante: Viaje de un periodista español a la URSS (Años de 1928-29), Madrid,  págs. 222 -228