miercuri, 9 aprilie 2014

Bajo el cielo de España: Capítulo V (6ª Parte), Sobre la participación rumana en las Brigadas Internacionales

Continuamos con la siguiente entrega del Capítulo V de nuestra traducción del libro del comunista rumano,  miembro de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española, en el que se cuentan los momentos finales de la Batalla de Guadalajara, en 1937

Se puede acceder a las partes anteriores en los siguientes enlaces:


  
COLECTIVO VALAKIA ROJA (VKR)


***

Como consecuencia de la victoria obtenida sobre las tropas fascistas, el mando republicano decidió iniciar una contraofensiva general contra las cuatro divisiones italianas que había en la meseta de la Alcarria, donde se estaba desarrollando aquella batalla histórica. En honor del aniversario de la Comuna de París, de cuya proclamación se cumplían 66 años, el día de la contraofensiva republicana quedó fijado para el 18 de marzo.
La tarea encomendada al batallón rumano de artillería en aquella contraofensiva era múltiple. Debía apoyar directamente tanto a las unidades de Líster, que iban a avanzar a lo largo de la carretera principal, como a los batallones de la XI brigada internacional que, a su vez, debían apoyar desde el flanco, por medio de un vigoroso ataque, el avance de las tropas españolas para, inmediatamente después, avanzar ellos mismos en paralelo a la carretera. Tras un poderoso bombardeo de la aviación (80 aviones) y el fuego intenso que abrió toda la artillería, las tropas republicanas, acompañadas de un número considerable de tanques, desencadenaron un ataque impetuoso contra las líneas fascistas, que consiguieron romper. Empezó un avance tempestuoso en persecución de los fascistas, que se retiraban en desorden.

Soldados republicanos celebrando la victoria contra los fascistas
en Guadalajara

En un punto, sin embargo, los fascistas italianos resistieron enconadamente: en Casa del Cobo. La localidad fue atacada con energía por el batallón “Comuna de París”, pero sin resultado. El grupo rumano recibió la orden de concentrar todo su poder de fuego sobre este villorrio en apoyo del batallón francés. A extraordinaria velocidad, las baterías del batallón rumano de artillería se concentraron en la carretera, a medio camino más o menos entre Torija y Brihuega, por detrás del batallón español “Apoyo”, del francés “Comuna de París” y del “Edgar André”. El bombardeo se dirigía desde el campanario de la iglesia del pueblo de Trijueque, desde donde se veían perfectamente las posiciones fascistas en Casa del Cobo.

Me encaminé del estado mayor de la brigada al punto de observación del batallón y allí me encontré con un oficial que dirigía el fuego de otra unidad internacional de artillería. Era el capitán yugoslavo Koča Popovic[1]. Establecimos de inmediato un plan de colaboración, por si fuera necesario.

Entre tanto, los fascistas, que se dieron cuenta del lugar en que se encontraba el punto de observación y mando de la artillería republicana, concentraron su fuego sobre el campanario de Trijueque. No obstante, los oficiales del batallón rumano, a pesar del tiro intenso del enemigo, no se movieron de sus puestos, dirigiendo sin interrupción el fuego del grupo sobre la localidad de Casa del Cobo.

En el transcurso de las operaciones, en más de una ocasión coordinamos los fuegos de ambas unidades de artillería, en perfecta y fructífera colaboración con el capitán Koča Popovic.

Las tropas republicanas atacaron con energía. El pánico se apoderó del frente fascista. Al sentirse aislados en Casa del Cobo e incapaces de resistir el fuego terrible de la artillería republicana, los fascistas comenzaron a abandonar la localidad. El batallón “Comuna de París” pasó al ataque a la bayoneta, cortando la retirada a los fascistas italianos y haciéndolos prisioneros.

También en esta acción destacó la contribución del batallón rumano de artillería. En un número de la revista Reconquista, órgano de la 35ª división internacional, dedicado a las Brigadas Internacionales, se podía leer en relación con dicha contribución que “nuestro grupo –se trataba del grupo rumano-[2] hizo posible que el batallón “Comuna de París” tomara Casa del Cobo”[3].

Con esta acción terminó para los voluntarios rumanos, franceses y de otras 12 nacionalidades que luchaban en el seno del grupo rumano de artillería, su participación en la histórica batalla de Guadalajara. 

Como recompensa por la bravura y abnegación de que dio muestras en combate, al batallón rumano de artillería se le entregó, por orden del día firmada por el comandante del frente, una parte de los cañones italianos capturados (de 65 mm.), así como gran número de proyectiles. Al mismo tiempo, nuestros artilleros recibieron también algunas tanquetas italianas, lo que hizo que creciera considerablemente el grado de mecanización del grupo.

En el artículo “Sobre la historia del regimiento rumano de artillería”, aparecido en la revista “La Reconquista”, que ya he citado más arriba, la participación de los artilleros rumanos en la batalla de Guadalajara se reproduce en los siguientes términos:

“(…) Al poco de ésta –es decir, tras la batalla del Jarama-[4], cuatro divisiones italianas, equipadas y motorizadas siguiendo los requerimientos técnicos más modernos y con catorce años de preparación militar, se lanzaron sobre Guadalajara. El 11 de marzo conquistaron Trijueque, en la carretera nacional de Aragón. Doscientos cañones fascistas para hacer frente a nuestras cinco baterías compuestas por piezas anticuadas y desgastadas. A pesar de ello, batieron Trijueque y la carretera nacional de Aragón de tal modo que los italianos ni pudieron levantar fortificaciones ni recibir refuerzos. El día 13, la bandera republicana ondeaba de nuevo sobre la localidad. Bajo un fuego intenso de artillería, con lluvia y viento, los oficiales del grupo, apoyados por unos cuantos tanques, recuperaron los pertrechos abandonados por los invasores en su huida desordenada, entre los cuales había ocho tractores tipo Fiat 1936. El comandante de la división, con la aprobación del general Rojo, por entonces coronel, repartió este material entre los artilleros del sector, de resultas de lo cual nuestro batallón recibió dos cañones. Los fascistas continuaron huyendo hasta el 20 de marzo. El 18 iniciamos la contraofensiva de Brihuega (…)

Entraron en acción 60 de nuestros tanques, 80 aviones de la “Gloriosa”[5] bombardearon durante 20 minutos las líneas enemigas. Nuestra artillería batía con precisión los puntos de resistencia de los fascistas. El día 19 todas nuestras tropas avanzaban empujando la totalidad del frente a lo largo de la carretera nacional de Aragón. Nuestro grupo hizo posible que el batallón “Comuna de París” tomara Casa del Cobo, último reducto fascista, garantizando de este modo la segunda gran victoria del Ejército Popular.”[6] 

En lucha en los frentes de España, el pensamiento de los voluntarios rumanos se volvía hacia la patria, a la lucha que se desarrollaba tanto allí como en el resto del mundo contra las fuerzas de la reacción. En el manifiesto enviado a Rumanía desde el frente de Guadalajara, fechado el 15 de marzo de 1937, los voluntarios del grupo rumano de artillería escribían:

“Nuestra voz se levanta desde España, donde el pueblo lucha con energía y valor contra los generales traidores, contra Hitler y Mussolini que invaden España con el afán de incendiar el mundo entero.

Nosotros, los trabajadores e intelectuales rumanos, demócratas, socialistas, comunistas y sin partido, estamos unidos bajo una sola bandera: bajo la bandera de la justicia y la democracia. Nuestra lucha aquí, en España, no es otra que la lucha del pueblo español por la libertad y la paz.

Estamos orgullosos de levantar junto al pueblo español la bandera de nuestros antepasados Avram Iancu, Horia, Cloșca, Crișan, Tudor Vladimirescu[7] y de todos aquellos que cayeron en el combate contra la opresión social y nacional y por el libre desarrollo de todos los pueblos del mundo (…)

Nuestra lucha aquí, en la avanzada de la democracia mundial, debe completarse con vuestra lucha de todos los días. La consigna de los mineros asturianos ¡Unios, hermanos proletarios! debe ser una brújula también para la clase trabajadora rumana (…)

La victoria del pueblo español será también nuestra vctoria.

A todos aquellos que pretenden destruir los más elementales derechos de los hombres, nosotros, los rumanos, les gritamos desde las trincheras de la libertad: ¡No pasarán![8]”

NICOLAE TITULESCU FELICITA A LOS VOLUNTARIOS RUMANOS DE LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

Un momento interesante y emocionante en la vida de nuestra unidad de artillería se produjo cuando recibimos, en el frente, un telegrama de Nicolae Titulescu en respuesta al que le habíamos enviado los voluntarios rumanos.

Así fue como sucedieron las cosas.
Nicolae Titulescu

Nosotros conocíamos la actividad de Titulescu como diplomático al igual que la posición de nuestro partido respecto a esa actividad.

El Partido Comunista Rumano, que apreciaba la lucidez y el realismo de su pensamiento reflejados en muchas de las acciones diplomáticas que había emprendido, manifestó, en especial en los últimos años de actividad de Titulescu, su conformidad con la orientación que éste se había esforzado en dar a la política exterior de Rumanía, imponiendo con frecuencia su punto de vista frente al resto de miembros de los gabinetes de que formó parte. La prensa legal e ilegal del Partido Comunista Rumano apoyó la posición activa de Titulescu en favor de unas relaciones internacionales basadas en los principios de soberanía e igualdad de los Estados, de seguridad colectiva frente a la política de agresión de los países fascistas que amenazaba la independencia nacional y la integridad territorial de muchos países de Europa, entre ellos Rumanía, en favor de la creación de un clima de buena vecindad en la zona geográfica en que está enclavada Rumanía, a favor del establecimiento de relaciones diplomáticas y de la conclusión de un tratado de asistencia mutua con la URSS. La salida de Titulescu del gobierno fue condenada como un acto contrario a los intereses de nuestro país y a la causa de la paz.

Su separación del cargo de ministro de Exteriores, que había ocupado durante mucho tiempo, no le impidió a Nicolae Titulescu continuar su obra de propagandista de las ideas por las que había luchado como diplomático. Se puede incluso decir que ante el curso que habían tomado los acontecimientos internacionales se aferró aún más a sus propias convicciones y que –a pesar de la amargura que sentía por la situación en que le habían puesto, a pesar de su mal estado de salud y, especialmente, de los distintos intentos de la reacción interna e internacional por comprometerle y destruirle moral e incluso físicamente- continuó manifestándose de manera activa y expresando con mayor energía si cabe sus concepciones sobre el modo de organizar las relaciones internacionales al objeto de salvaguardar la paz.

La guerra de España estaba por entonces en pleno apogeo. Al poco de la rebelión de julio de 1936, por iniciativa de Francia e Inglaterra, se había acordado un convenio internacional sobre la no intervención en la guerra de España cuyo pretexto fue la necesidad de que el conflicto quedara localizado. Rumanía se había adherido al convenio, pero Titulescu había formulado la reserva de que dicha adhesión “constituye un caso particular que no puede crear un precedente y que no implica para el gobierno rumano la obligación de reconocer el principio de que un gobierno legal no pueda obtener, a petición propia, una ayuda de otro gobierno en contra de una rebelión.”

Pero la posición de Titulescu, para quien la víctima de una agresión está legitimada a pedir y obtener ayuda de otros gobiernos, se perfiló de manera más marcada una vez se hubo convencido de la bancarrota de la política de “no intervención”, pisoteada no sólo por los países fascistas sino también por Francia e Inglaterra, sus promotores. En el frente, nos había llegado la noticia según la cual Nicolae Titulescu, entonces ministro de Exteriores, estaba tratando de facilitar que una partida de armamento, inicialmente destinada a Rumanía, se pusiera a disposición del gobierno del Frente Popular.

Es interesante, desde este punto de vista, la siguiente información obtenida de un documento que se encuentra en los archivos del Ministerio del Interior, documento en que se muestran las causas de la separación de Titulescu de la dirección del Ministerio de Exteriores[9]:    

“Antes del 10 de septiembre de 1936 se esperaba la llegada a Rumanía de 100 cañones y 3 escuadrillas de aviones que el gobierno rumano había encargado a diversas fábricas francesas. A principios del mes de septiembre de 1936, visitó aquellas fábricas el Sr. Caranfil, subsecretario de estado, que constató con sorpresa que los cañones y aviones encargados por Rumanía estaban preparados desde hacía tiempo, pero que el Sr. Titulescu, que había estado en persona en dichas fábricas, había dicho que Rumanía no necesitaba aquel armamento y aquellos aviones y que se podían enviar a España, que también había solicitado un material semejante. Aquellos cañones y aviones, como se desprende de los informes elaborados por las agencias de espionaje de Alemania e Inglaterra, habrían sido desembarcados una parte en Barcelona y el resto en Bilbao, y llevados al frente comunista de España. Este hecho, que se añade a los detallados en los puntos nº 1, 2 y 3 de más arriba –que se refieren a la posición de Titulescu en la cuestión de la agresión italiana contra Etiopía y a la Conferencia de Montreux-[10] fue puesto en conocimiento de Su Majestad el Rey Carol II y motivó la destitución del Sr. Nicolae Titulescu del Ministerio de Relaciones Exteriores, sin que se consultara a los otros miembros del gobierno.” 

No olvidemos que todo esto sucedió, por las mismas fechas en que, en París, Álvarez del Vayo trató infructuosamente de obtener la anuencia del gobierno Blum para adquirir y enviar a España las armas de que tanta necesidad tenía la República.

Nos habíamos enterado, igualmente, de que Titulescu, después de su separación del gobierno, había manifestado de diversas formas sus simpatías hacia el gobierno legal español, víctima de una intervención extranjera. De gran significación, aunque de un alcance mucho más amplio, nos pareció entonces el discurso que pronunció en abril de 1937 con ocasión de la inauguración del Congreso de la Sociedad Médica de los Países Ribereños del Mar Mediterráneo[11], que presidía.

Al exponer su punto de vista sobre el modo en que se deberían entender los principios que constituían la base del Pacto de la Sociedad de Naciones así como las modificaciones que se requerían para transformarlo en un instrumento eficaz para el mantenimiento de la paz, tenía in mente, con certeza, la situación concreta de España. “Son los hombre y no el pacto –decía- quienes han fracasado… La experiencia nos ha enseñado que las sanciones económicas que no se acompañan de sanciones militares son ineficaces… Si, por lo tanto, desde el punto de vista de la seguridad, en caso de agresión, las potencias legítimamente interesadas de la región concreta se comprometieran a prestar asistencia a la víctima, una concepción más modesta vendría a sustituir a la concepción grandiosa del pacto actual, pero nos encontraríamos sobre un terreno más sólido.
Sanciones económicas universales, sanciones militares regionales y la aplicación simultánea de ambos tipos de sanciones: éstos son los tres factores que transformarían en poco tiempo Ginebra en una realidad política efectiva.”

El eco de estas consideraciones y, en especial, de la posición sobre la ayuda prestada a la víctima de la agresión, fruto de una concepción profundamente humanista, íbamos a volver a encontrarlas en otras circunstancias, de las que me voy a referir a una.

Sabiendo que se encontraba en el sur de Francia, enfermo y decepcionado por la actitud claudicante de un gobierno cobarde, pensamos en ese momento en enviarle una señal de nuestro aprecio. Fue tras la batalla de Guadalajara, a finales de marzo de 1937, batalla en que el ejército republicano había conseguido una brillante victoria sobre las fuerzas militares del fascismo italiano, netamente superiores en número y armamento. La primera unidad rumana constituida por aquellas fechas, el batallón rumano de artillería, encuadrado en la primera brigada internacional (la XI) y que, poco después, iba a transformarse en un regimiento motorizado de artillería, había cumplido con honor las misiones de combate que se le habían encomendado en las acciones militares desarrolladas en el frente de Guadalajara y, en general, en los combates previos por la defensa de Madrid. Era, por lo tanto, una buena ocasión para enviarle un saludo y expresarle nuestra simpatía y admiración. A esa conclusión había llegado unánimemente el grupo de voluntarios del batallón rumano de artillería. El telegrama remitido a finales del mes de marzo rezaba así:

“A su Excelencia el Señor Nicolae Titulescu, antiguo presidente de la Sociedad de Naciones, antiguo ministro de Relaciones Exteriores de Rumanía.

Excelencia,

El grupo rumano de artillería del ejército republicano español, que lucha en suelo extranjero por la causa de la justicia social, de la libertad y la paz mundiales, le envía a Usted, al gran hombre de Estado, su saludo y la expresión de su sincero reconocimiento.

En el espíritu de la paz indivisible y de la seguridad colectiva que Usted representa con tanta firmeza y autoridad, hemos venido nosotros, hijos auténticos del pueblo rumano, a la España del Frente Popular, a defender con las armas en la mano el bien de nuestra patria y el futuro de nuestro pueblo.

La resistencia férrea del joven ejército popular español en el frente del Jarama y el contraataque victorioso de Guadalajara, en que tuvimos el honor de participar también nosotros, han sido dos victorias en pos de la seguridad de nuestro país y de la independencia nacional rumana.

Los esfuerzos de Usted y la sangre rumana derramada en tierra española por el mantenimiento de la paz mundial deben convertirse en garantía de victoria para el pueblo rumano en su lucha por la libertad y la paz.

Comandante Valter Roman”.

Poco después de esto, a mediados de abril, recibimos como respuesta el siguiente telegrama, en el que se aprecian las resonancias de unos acentos presentes ya en el discurso citado más arriba:

“Al Señor Valter Roman, comandante de artillería de la XI brigada internacional. 

Mis sinceros agradecimientos por su atención llena afecto. Cuando no se respetan los Pactos y los hombres de Estado fracasan, me produce enorme placer poder felicitar a soldados rumanos que, imbuidos del espíritu de equidad y justicia, hacen renacer, lejos de la patria, las virtudes de nuestros ancestros.

N. Titulescu”.
***

Deseo relatar, a continuación, aunque no tenga relación directa con la guerra de España, un episodio referido igualmente a Titulescu. La relación sería tan sólo la posición de Titulescu sobre la España republicana.

En marzo de 1941, Titulescu dejó de vivir, aislado y decepcionado, lejos de la patria, en una Francia invadida por los nazis. No obstante, todos los esfuerzos de los círculos reaccionarios por destruirlo como hombre político no consiguieron reducirlo al anonimato, y el tiempo, el más imparcial juez de las notabilidades, no lo ha envuelto en el manto del olvido. A los tres años de la muerte de Titulescu, oí por boca de un hombre cuya actividad confería a sus palabras un peso extraordinario, un brillante elogio del desaparecido: Maxim Litvinov, pues de él se trataba, que era por aquel tiempo vicecomisario del pueblo para Asuntos Exteriores de la URSS. La conversación en el curso de la cual expresó sus opiniones sobre el antiguo diplomático rumano, y que voy a contar a continuación, tuvo lugar a principios del mes de agosto de 1944. Era una charla no protocolaria en que se abordaron diferentes aspectos de la ofensiva soviética en pleno desarrollo en esos momentos, la futura configuración de Europa, las perspectivas de desarrollo de los acontecimientos en distintos países, el problema de Transilvania. En un momento dado Litvinov se interesó por la situación en Rumanía. Así salió el tema de Titulescu.

“Fue un gran diplomático –comenzó diciendo Litivinov- uno de los más ilustres del periodo de entreguerras.” 

Ya fuera porque el ministro soviético viera en mi rostro un cierto asombro ante opinión tan categórica y elogiosa, ya porque le rondara otra idea la cabeza, lo cierto es que a día de hoy sigo sin saberlo. El hecho es que empezó a explicar metódica y minuciosamente en qué se basaba su parecer.

En esencia estimaba que: 

- Titulescu, diplomático dotado de una gran perspicacia política, tenía muy claros los medios y vías con que podía asegurarse la seguridad colectiva europea, la integridad y la soberanía de los Estados pequeños. 
 
- Había sido de los pocos diplomáticos que se había dado cuenta, en las condiciones que existían cuando Hitler llegó al poder en Alemania, que sólo por medio de medidas colectivas de todos los Estados europeos, basadas en un entendimiento entre la Unión Soviética, Francia e Inglaterra, se habría podido cortar el paso a la guerra.

- Titulescu no sólo fue un publicista sino también un hombre de acción que luchó con pasión en defensa de sus ideas.

“En lo que a mí respecta –decía Litvinov- no puedo olvidar el hecho de que en toda una serie de cuestiones ante las que los representantes de los países occidentales no se mostraron receptivos, encontré en la persona de Titulescu un activo sostenedor. Así sucedió en la Sociedad de Naciones, así sucedió con ocasión de las discusiones que tuvieron lugar sobre el problema de la definición de agresor, así fue en Montreux, con el problema del estatuto de los estrechos. Conozco también la posición justa que mantuvo Titulescu ante la cuestión de la “no intervención” en la guerra de España.

En lo que hace a las relaciones entre Rumanía y la URSS, Titulescu entendió la necesidad de mantener unas relaciones normales no sólo desde el punto de vista diplomático, que es el único que podía conducir a la solución de todas las cuestiones litigiosas en provecho de los intereses nacionales de ambos países. Abogó con toda seriedad –estoy convencido de ello- por un pacto de asistencia mutua entre nuestros dos países.” 

Litvinov añadió más tarde: “Estamos trabajando en un diccionario diplomático en la URSS y puedo asegurarle que la valoración sobre Titulescu será positiva.”

Recordé estas palabras al leer, tras la publicación del diccionario diplomático soviético, el artículo consagrado a nuestro diplomático, escrito en el sentido de las opiniones que había oído.



[1] Koča Popovic fue durante años Ministro de Asuntos Exteriores de Yugoslavia tras la victoria de la revolución socialista en aquel país. [N. del A.]
[2] La explicación entre guiones es del autor, no del artículo que cita. [N. de los t.]
[3] Retraducción a partir del rumano. [N. de los t.]
[4] La explicación entre guiones es del autor, no del artículo que cita. [N. de los t.]
[5] Aviación republicana. [N del A.]
[6] Retraducción a partir del rumano. [N. de los t.]
[7] Horia, Cloșca y Crișan son los sobrenombres de tres campesinos valacos que dirigieron la gran rebelión campesina de 1784 contra la nobleza húngara de Transilvania. Tudor Vladimirescu (1780-1821) fue el héroe de la revolución valaca de 1821, enfrentada al poder fanariota otomano y a los boyardos rumanos locales. Avram Iancu (1824-1872) fue uno de los revolucionarios más destacados del 48 rumano. [N. de los t.]
[8] En rumano en el original: “Pe aicea nu se trece”. [N. de los t.]
[9] Archivo del Ministerio del Interior, Boletines Informativos, octubre de 1936, vol. III, nota nº 2988 de 9 de octubre de 1936. [N. del A.]
[10] La explicación entre guiones es del autor, no del informe que cita. [N. de los t.]
[11] No hemos encontrado la denominación exacta de dicho Congreso, con lo que nuestra traducción podría diferir de la que en realidad se le dio en español en su momento. [N. de los t.]

Stalin, de Eugenio Gómez (reedición digital)

Nota para esta edición digital:

Poco o nada dirá a la inmensa mayoría de los comunistas de hoy, de este año 2014 que empieza, el nombre de Eugenio Gómez. Y sin embargo, su opúsculo Stalin, fechado en Montevideo el año 19571, que ahora os ofrecemos en versión digital, cuenta con todos los títulos para considerarse un documento histórico.

Histórico, antes de nada, por ser la primera crítica surgida de las filas del Movimiento Comunista Internacional al infausto XX Congreso del Partido Comunistas de la Unión Soviética (PCUS) y al revisionismo moderno encarnado, en aquel entonces, por Kruschev.

Sin temor a equivocarse se puede afirmar que con este Stalin se inauguró la batalla ideológica, aún inconclusa, contra el arsenal teórico antimarxista que puso en circulación el PCUS en 1956 y que todavía hoy sigue siendo refugio de las más variadas formas de revisionismo.

No sin indignación por el silencio aquiescente de todos los Partidos Comunistas del mundo ante el linchamiento de Stalin en el XX Congreso del PCUS –como podrá comprobar el lector que se adentre en las páginas que siguen-, Eugenio Gómez levanta su voz en defensa de Stalin y su obra, rebate y desmonta una a una las acusaciones de Kruschev, y deslinda nítidamente el camino que en el año 56 abrió Kruschev hacia el capitalismo en la URSS del camino hacia el comunismo que contribuyó a desbrozar, entre toda suerte de dificultades, el camarada Stalin.

E histórico también porque Eugenio Gómez no se limita a criticar el malhadado informe de Kruschev. Haciendo gala de una firmeza y rigor intelectuales que deberían ser ejemplo y modelo para todos los comunistas, este notable camarada uruguayo da inicio en estas páginas a uno de los debates fundamentales de cuyas conclusiones, correctas o incorrectas, depende, tras el fin del ciclo que comenzó en 1917, el ser o no ser de un nuevo ciclo de revoluciones socialistas: ¿cómo pudo acceder al poder político en la URSS una dirección que, con el tiempo, terminó restaurando el capitalismo y, sobre todo, al calor de qué intereses socio-económicos, de qué realidades sociales nacidas de la propia construcción del socialismo, creció y se hizo dominante la clase social a la que representaba esa dirección política que acabó liquidándolo? Algo que, como denuncia el propio Gómez, sucedió ante el cadáver aún caliente de Stalin y sucedería luego también con otras gloriosas experiencias socialistas, como la de la República Popular China, tomada sin solución de continuidad, inmediatamente después de la muerte de Mao, por los revisionistas-oportunistas.

Muchos de los argumentos usados por Eugenio Gómez en 1957 son los que, ya en el siglo XXI, han utilizado historiadores como Grover Furr para romper el paradigma del “Stalin malvado”, creado durante la Guerra Fría, y describir al verdadero Stalin, dialogante, abierto al Partido y a los trabajadores, y constantemente en lucha por defender los logros del socialismo: lo que Furr llama el “Stalin democrático”.

Un Stalin que hubo de enfrentarse a enormes dificultades para que, como Anteo, los bolcheviques siguieran luchando con los pies sobre la tierra, de la mano de las masas, tratando de evitar que las manzanas podridas acabaron destruyendo el Partido y lo convirtieran en una instancia separada y por encima de los trabajadores.

Ni que decir tiene que el “Stalin democrático” que describe Grover Furr no es un defensor de la oligarquía mafiosa de partidos que es la democracia pluripartidista burguesa, sino, al contrario, como también expone Gómez en su biografía del líder soviético, un convencido de la necesidad de que sean los mismos trabajadores los que gobiernen su propio destino, enfrentándose a los que después, tras su muerte, se convirtieron en una élite inaccesible y transformaron el Partido en un aparato burocrático de control del Estado socialista hasta lograr su plena transformación en Estado capitalista.

El calado de la cuestión que plantea Eugenio Gómez es lo suficientemente profundo y trascendental para que el trabajo que nos ha llevado la elaboración de la edición digital de su opúsculo Stalin merezca con creces la pena.

En cuanto a esta edición digital, nos hemos limitado a corregir errores y erratas, unificar criterios para la transcripción de la onomástica rusa, modificar la puntuación cuando era errónea e introducir mínimos cambios del léxico cuando servía para aclarar el sentido del texto. Los nombres que aparecen entre corchetes están introducidos por los editores.

Editores:  Valakia Roja
Bucarest, enero de 2014
El texto se puede leer y descargar online en este link, Stalin, y directamente en esta entrada, a continuación:


vineri, 28 martie 2014

Bajo el cielo de España: Capítulo V (5ª Parte). Sobre la participación rumana en las Brigadas Internacionales

Continuamos con la publicación de la traducción del libro del comunista rumano Walter Roman, en el que cuenta sus experiencias en de la Guerra Civil Española en las filas de las Brigadas Internacionales.

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COLECTIVO VALAKIA ROJA (VKR)


Cuando, muchos años más tarde, en 1967, visité la casa memorial de Hemingway, situada en una colina cercana a La Habana, me acordé de aquel encuentro que, por lo demás, siempre había permanecido vivo en mi memoria.

Furgoneta "tomada a la canalla fascista" en  la batalla de Guadalajara
Llegué a media tarde, sobre las seis, y la casa memorial ya estaba cerrada. Al día siguiente me iba de Cuba.
Quería visitarla a toda costa. Los lugareños me remitieron al vigilante. Ni mi insistencia ni mis explicaciones de que venía de lejos y me iba al día siguiente sirvieron de nada.

La idea salvadora llegó de Stamate, el corresponsal de “Scînteia”  en La Habana, que me sugirió que dijera que había conocido a Hemingway en España.

Y así fue: tales palabras obraron el milagro. El guía había sido amigo íntimo de Hemingway. Pude visitar con calma y sin premura la casa. El “precio” que hube de pagar fue, no obstante, la evocación de mi encuentro con Hemingway.

Allí pude penetrar mejor el alma, la personalidad de Hemingway. Me senté a su mesa de trabajo en la torre, construida por su mujer, adonde se retiraba para escribir con calma y desde la que podía abarcar con la mirada el horizonte del mar Caribe. Allí había escrito “El viejo y el mar”.

Vi la biblioteca, la colección de trofeos de caza de África y otros muchos recuerdos. Visité la habitación donde, cada mes, durante un tiempo, se instalaba su gran amigo, el torero español Dominguín, sin el que Hemingway no se sentía bien.

Fueron unos instantes inolvidables. Me fui de la casa memorial con el sentimiento de que, en alguna parte, en algún momento, me volvería a “encontrar” con Hemingway.

Y ese momento llegó muy pronto. Mucho antes de lo que podía sospechar.

***

Tras abandonar Cuba, camino de Rumanía, dando cumplimiento a una llamada interior, me detuve en Madrid y empleé los dos días de estancia que me concedieron las autoridades franquistas en volver a ver los lugares memorables, sagrados para lo que habíamos participado en la defensa de la capital española entre 1936 y 1937.

En la Sierra del Guadarrama, al llegar al monumento del Valle de los Caídos –sobre el que difícilmente se pueden emitir juicios de valor, conociendo el motivo que determinó su construcción, los medios que se emplearon para levantar aquel obelisco imponente y, en especial, el objetivo perseguido por Franco al erigirlo-, mi acompañante (de quien hablaré en otro momento), empleado de una empresa turística española, que sabía que yo era de Rumanía y que, como pude darme cuenta más tarde, sospechaba que había luchado en las Brigadas Internacionales, llamó mi atención sobre una casa que se veía en el valle, entre los montes, de la que dijo que “allí había vivido durante la guerra civil el gran escritor americano Ernest Hemingway”.

Al oír sus explicaciones y comentarios referidos a la guerra, grande fue mi asombro y, al mismo tiempo, mi alegría, al comprobar que la llama que había iluminado nuestro camino durante la conflagración no se había apagado.


LOS FASCISTAS ITALIANOS, PUESTOS EN FUGA EN GUADALAJARA

No se habían extinguido aún los ecos de los combates del Jarama cuando el mando franquista, que en todo momento trataba de obtener un éxito de prestigio, se preparaba ya para golpear de nuevo. De hecho, también los fascistas italianos, envalentonados tras haber logrado conquistar Málaga, querían aprovechar el agotamiento de las tropas republicanas para conseguir una nueva victoria. Desde ese momento contaban con un éxito decisivo: estaban determinados a dar el golpe que decidiera la suerte de la guerra.

Mussolini aprovechó de lleno la hipocresía de la política de “no intervención”, practicada por los gobiernos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, para enviar abiertamente a los rebeldes españoles aviones con sus correspondientes pilotos, unidades militares al completo y divisiones bajo el mando y bandera italianos, muestra innegable de la brutal intervención del fascismo italiano en España. Ya desde el ataque contra la ciudad de Málaga se habían creado brigadas mixtas italo-españolas: los “Flechas Azules” y los “Flechas Negras”. Ahora, en previsión de la nueva ofensiva que se proyectaba, se había organizado todo un cuerpo expedicionario italiano con divisiones únicamente italianas y unidades mixtas, con bases y servicios completamente autónomos, un auténtico ejército invasor.

La nueva ofensiva también tenía como objetivo la conquista de Madrid. La dirección del ataque era la carretera nacional que iba de Sigüenza a Guadalajara, Alcalá de Henares y Madrid. Al mismo tiempo preveía retomar las operaciones del Jarama, siempre en dirección a Guadalajara, persiguiendo el cerco completo de la capital.

El mando de la ofensiva en el frente de Guadalajara se lo había confiado Franco al general italiano Manzini. Éste disponía de grandes recursos materiales y humanos. Cuatro divisiones regulares italianas estaban preparadas para tomar parte en la ofensiva del frente de Guadalajara: “Dio lo vuolo” , “Fiamme nere” , “Penne nere”  y “Littorio”. También fueron desplazadas a ese frente las dos brigadas mixtas italo-españolas que habían luchado en el sur. Un mando de secciones especializado tenía a sus órdenes los numerosos blindados, piezas antitanque, lanzallamas, etc., que iban a entrar en acción en dicho frente; los regimientos de artillería y los de ingenieros tenían mandos diferentes.

En total, los fascistas italianos concentraron en el frente de Guadalajara 50.000 hombres, 222 cañones, 140 tanques y blindados, 90 aviones, 4.500 camiones, etc.

Además de todo esto, para evitar cualquier sorpresa estaban igualmente preparadas para entrar en combate otras fuerzas: la Legión “Cóndor” había asumido la misión de desbaratar, en caso de necesidad, el contraataque republicano, y la división franquista “Soria”, de defender el flanco derecho.

A aquellas fuerzas numerosas, perfectamente equipadas y de refresco habían de hacer frente unas tropas republicanas mermadas en número, con una instrucción deficiente y carentes de reservas inmediatas, en cuyo apoyo  sólo se podían enviar unidades que se encontraban en los sectores de Madrid, las mismas tropas que habían  combatido en las batallas anteriores y que aún no habían logrado recuperarse de las pérdidas y de los extenuantes esfuerzos realizados.  

La relación de fuerzas era netamente favorable a los fascistas. Sus puestos de radio habían empezado a anunciar igualmente a la población de Madrid: “Las tropas del ejército nacional (o, para llamar a las cosas por su nombre, las tropas del cuerpo expedicionario italiano) llegarán pronto a vuestras casas”.

Los ojos de la humanidad toda estaban clavados en España. La batalla que iba a tener lugar daría repuesta a una pregunta que inquietaba a muchos: ¿qué había creado desde el punto de vista militar el fascismo italiano? El vergonzoso fracaso sufrido por las tropas italianas en Guadalajara demostró a toda la humanidad la bancarrota del fascismo italiano también desde una óptica militar.

Artilleros rumanos en 1937.
En el centro, Nicolae Cristea, a la derecha Valter Roman
"Voluntarios rumanos en España 1936-1939: Recuerdos y documentos"
La batalla de Guadalajara, que debía concluir con la victoria de Mussolini, terminó convirtiéndose en una sonora victoria del joven ejército republicano español. Se demostró una vez más el papel decisivo desempeñado por el factor moral en la guerra. Las tropas republicanas, dirigidas en su mayor parte por los comunistas, aunque muy inferiores en número y en la dotación de armamento moderno, vencieron gracias a su superioridad moral.

El ataque fascista comenzó en la mañana del día 8 de marzo, en dos direcciones: Mirabueno y Las Inviernas. Las débiles fuerzas republicanas que se encontraban allí opusieron una resistencia encarnizada, contuvieron al enemigo, aunque no pudieron hacer frente demasiado tiempo a la intensidad de su presión.

Ebrios de los primeros éxitos, el mando de las legiones fascistas anunció en una orden del día las etapas y pasos en que se iba a desplegar su acción: “Mañana, en Guadalajara; pasado mañana,  en Alcalá de Henares; y en dos días, en Madrid.”

Sólo que las fuerzas republicanas no parecieron dejarse impresionar por los planes del enemigo. El mando republicano concentró sus mejores unidades con la intención de rechazar el ataque. Los refuerzos republicanos salieron a toda prisa al encuentro del enemigo que avanzaba. Eran las propias tropas de Madrid y del Jarama las que venían en su ayuda. Se pusieron en marcha, de inmediato y al mismo tiempo, las unidades españolas de Líster, Mera, Galán, del joven comunista italiano Nannetti, la XI brigada internacional, seguida de la XII brigada, batallón tras batallón. “Las dos brigadas internacionales –indica Longo en su libro- estaban acompañadas de sus grupos de artillería. La XI brigada internacional, del batallón rumano de artillería.”

En la noche del 9 al 10 de marzo, las tropas republicanas se retiraron de Cajanejos y Brihuega. Los fascistas seguían avanzando pero se toparon con la línea de resistencia, cada vez más poderosa, organizada por los republicanos. A lo largo de toda la jornada del 10 de marzo, las XI y XII brigadas internacionales lucharon con el enemigo desde ambos lados de los dos caminos que conducían a Torija. “Las fuerzas de artillería concentradas en este frente (Guadalajara) –cuenta Luigi Longo- quedaron al mando del joven comandante rumano del batallón rumano de artillería.”

La situación de las fuerzas republicanas era bastante difícil. Las unidades fascistas penetraron el dispositivo republicano como la hoja de un cuchillo cuya punta llegó a Trijueque, el filo pasó por Palacio de Ibarra y se quedó clavado ante la localidad de Brihuega. Si los fascistas hubieran dado muestras de mayor iniciativa y audacia, si hubieran reflexionado sobre cuál era la situación real, las fuerzas republicanas se habrían visto en grave peligro.

Pero, a pesar de los resultados obtenidos, los fascistas italianos estaban desmoralizados. En contra de lo que se esperaban, los republicanos oponían una encarnizada resistencia y contraatacaban con extraordinaria energía. Las pérdidas de los fascistas eran importantes. Destacaba el ímpetu combativo de los voluntarios antifascistas italianos del batallón “Garibaldi”. Entre las filas de los fascistas se hicieron numerosos prisioneros. La mayoría se entregaban, no obstante, voluntariamente. Se pasaban con armas y bagajes al lado republicano que, con ayuda de megafonía, empleó una propaganda activa y convincente dirigida a los legionarios italianos, en su mayoría enviados a España contra su voluntad.  

Aprovechando el desaliento que cundía en las filas enemigas, el mando republicano decidió contraatacar el dispositivo fascista frontalmente y por el flanco con el objetivo de reconquistar Trijueque y Palacio de Ibarra. La primera acción se confió a la XI división española, que atacó Trijueque con batallones españoles y con los de la XI brigada internacional. El ataque tuvo lugar el día 13 de marzo y ese mismo día las fuerzas republicanas, que realizaron prodigios de heroísmo, se adueñaron de la localidad. El enemigo, puesto en fuga, dejó en manos de nuestras fuerzas grandes cantidades de armas y munición.

Subrayando el ardor con que lucharon los voluntarios de las diferentes unidades internacionales, Luigi Longo puso de relieve la participación en aquella acción de una de “las baterías del grupo de artillería rumano que tenía bajo su vigilancia la carretera Madrid-Zaragoza, carretera en que se sitúa Trijueque.”

El 14 de marzo, el batallón “Garibaldi” atacó Palacio de Ibarra y, luchando con insuperable valentía, expulsó a los fascistas de la localidad.

Los éxitos obtenidos por los republicanos y la desmoralización del campo fascista determinaron que el mando republicano decidiera lanzar una gran contraofensiva. Las tropas republicanas entraron en acción el 18 de marzo al rayar el alba. De los brigadistas internacionales sólo tomaron parte en el ataque las XI y XII brigadas internacionales, junto con algunas unidades internacionales de artillería, entre las que se encontraba el grupo rumano de artillería y el batallón “Skoda”. El plan de ataque preveía 40 minutos de fuego intenso de artillería, 20 minutos de bombardeo de la aviación republicana sobre las líneas enemigas y, acto seguido, el avance de los tanques y la infantería.

Todo a lo largo del frente los fascistas huían, huían, huían. Los habían puesto en fuga los republicanos españoles, los habían puesto en fuga los voluntarios de las Brigadas Internacionales, armados con fusiles y ametralladoras de otro tiempo, con cañones que parecían de museo, pero con el entusiasmo que les proporcionaba el ideal por que luchaban. Los legionarios se desprendieron, igualmente, de sus excelentes vehículos, abandonaron sus espléndidos cañones, sus maravillosos tanques, arrojaron sus mochilas y petates para poder huir lo más rápido posible. “Ese día –señala Simone Téry en su “La Puerta del Sol”- a pesar de la no intervención, los republicanos españoles recibieron a domicilio todas las armas que la neutralidad de los países democráticos les había impedido obtener.”

“En el mes de marzo –se indica en la “Historia del Partido Comunista de España”- las fuerzas republicanas, que habían detenido a los fascistas en el Jarama, después de una sangrienta y larga batalla, infligieron una completa derrota al Cuerpo expedicionario italiano, que mandaba el general Bergonzoli, en la batalla de Guadalajara, uno de los más importantes hechos de armas de la guerra. Y a ese señalado triunfo siguieron otros logrados por los soldados de la República en el Frente Sur, en el sector de Pozoblanco.

Esas victorias, especialmente la de Guadalajara, demostraban la potencia y eficacia que ya había alcanzado el Ejército Popular, sobre todo en el Centro, donde había sido cimentado sólidamente sobre los principios de organización, de disciplina y mando único por los que tan tesoneramente abogaba el Partido Comunista.”

La batalla de Guadalajara representó para los voluntarios rumanos en España, así como para el resto de combatientes internacionales, una nueva oportunidad de poder mostrar su enorme apego a la causa de la libertad.

El batallón rumano de artillería se encontraba aún en las posiciones del Jarama cuando le llegó la noticia del comienzo de una nueva y poderosa ofensiva de los fascistas sobre Madrid así como la orden de desplazarse urgentemente al frente de Guadalajara.

Tras la conclusión victoriosa del contraataque republicano en el Jarama, los batallones de las XI y XII brigadas fueron enviados de inmediato a descansar por los pueblos de los alrededores y se les reemplazó con tropas españolas. Sin embargo, la artillería, al ser poco numerosa, no se benefició más que de brevísimo reposo antes de las nuevas batallas en que hubo de tomar parte. En realidad, durante toda la guerra, el grupo rumano de artillería, al igual que otras unidades que pertenecían a la misma arma, fue retirado siempre de una posición y trasladado al punto a otra, allí donde lo exigían las circunstancias, allí donde los combates eran más encarnizados.

En el transcurso del día 9 de marzo, Hans Kahle, comandante de la XI brigada, transmitió al batallón rumano la orden de ponerse de inmediato a disposición del mando republicano del frente de Guadalajara.

En la noche del 9 al 10 de marzo, el grupo rumano de artillería llegó a Torija, donde se encontraba el estado mayor de la XI brigada. El grupo se quedó a la salida de dicho pueblecito, en la carretera Guadalajara-Zaragoza. La situación era extremadamente grave. Las fuerzas fascistas presionaban con gran intensidad sobre el frente republicano, en realidad una endeble línea de defensores en la que, incluso a lo largo de kilómetros y kilómetros, no había ningún tipo de tropas.

Inmediatamente después de la llegada del batallón, el comandante de la XI brigada, Hans, nos indicó la primera tarea que le correspondía al grupo rumano de artillería: crear una poderosa cortina de fuego para detener a las tropas fascistas italianas en su eje principal de avance: la carretera Zaragoza-Madrid, donde la presión del enemigo era en aquel momento más intensa.

El grupo rumano de artillería, compuesto de dos baterías de cañones de 75 y 115 mm., tomó posiciones en pleno día (¡algo sumamente peligroso!, pero no cabía otra alternativa) en el kilómetro 75 de la carretera Madrid-Zaragoza, a un kilómetro al noreste de Torija.

Desde un punto de mando instalado en el socavón producido por una bomba, junto con Hans Kahle, A. I. Rodimtsev, consejero soviético de una unidad española enviada como apoyo de las operaciones, y Ernesto Ferrara, comandante de un pelotón de tanques, seguíamos con prismáticos los movimientos del enemigo: observamos a la artillería italiana en su emplazamiento al noreste del kilómetro 82, vimos los batallones en marcha, dispuestos en posición de combate por compañías, observamos a lo lejos la aparición de tanques que se dirigían a toda velocidad en dirección de ataque. Era evidente que el adversario lanzaba al combate fuerzas importantes. Kahle dio órdenes a los batallones de estar preparados para responder al ataque. El fuego del grupo de artillería, dirigido a lo largo de la carretera, hizo que el avance de las tropas fascistas se ralentizara. El enemigo consiguió, no obstante, ocupar el pueblo de Trijueque. Entre tanto, las fuerzas republicanas, bien organizadas y con apoyo intenso de la artillería, lograron detener el avance de las tropas fascistas. El frente se estabilizó.

En aquellas operaciones de estabilización del frente, el batallón rumano de artillería colaboró estrechamente con los batallones españoles “Apoyo” y “Pasionaria”, así como con los dos batallones de la XI brigada internacional, “Comuna de París” y “Edgar André”.

El día 13 de marzo tuvo lugar un acontecimiento de extraordinaria importancia en la suerte de la batalla del frente de Guadalajara. Percatado de que las fuerzas fascistas italianas no eran realmente “invencibles”, como había proclamado la propaganda fascista, el mando republicano tomó la decisión de contraatacar el dispositivo enemigo con la intención de reconquistar Trijueque.

Oficiales de la Brigada XI participando en la fiesta organizada por el
regimiento rumano de artilleria tras la victoria de Guadalajara.
 "Voluntarios rumanos en España 1936-1939: Recuerdos y documentos".
La tarde del día 13 de marzo, dos batallones españoles, “Apoyo” y “Pasionaria”, junto con los batallones de la XI brigada internacional se lanzaron al asalto del pueblo de Trijueque. Gracias a una perfecta colaboración entre las unidades de infantería y artillería de aquel frente –entre las que figuraba el grupo rumano de artillería, cuya posición era la más favorable para apoyar la operación- quedó asegurado el éxito completo de aquella acción. Todos los cañones del batallón rumano de artillería bombardearon intensamente el pueblo de Trijueque; en el momento en que la guarnición italiana, presa de pánico, salió huyendo del pueblo y la infantería republicana pasó al ataque, el fuego de nuestra artillería batió la carretera por donde se retiraban los fascistas italianos, provocándoles grandes pérdidas.

¡Qué de cosas dejaron tras de sí los legionarios de Mussolini en su desbandada: la carretera estaba atestada de tractores “Fiat” empleados para remolcar los cañones, de camiones “Lancia”, de coches, de cientos de cartucheras, bolsas llenas de conservas, galletas, chocolate! ¡No luchaban como los soldados republicanos, cuya alimentación era cada vez más deficiente y para quienes unos pocos garbanzos preparados en un aceite de oliva rancio habían llegado a ser una exquisitez!

Entre los soldados republicanos, españoles e internacionales, de aquel sector del frente el entusiasmo era indescriptible: habían contribuido al primer éxito del ejército republicano sobre las tan elogiadas tropas del fascismo italiano.

Comenzamos, un grupo de oficiales, a registrar las posiciones que habían ocupado los fascistas italianos. Al borde de la carretera se observaban, de trecho en trecho, unas casitas rectangulares de piedra. Eran –según nos explicó un combatiente español- las casitas de los peones camineros, habitadas esporádicamente, cuando se trabajaba en el tramo de carretera correspondiente. Entramos en una de ellas. Tenía un hogar y literas, y podía servir de refugio cuando hacía mal tiempo. Vimos que había sido utilizada hasta entonces una o dos veces por los soldados de Mussolini que habían huido dejando allí todos sus pertrechos y, como para que no cupiera ninguna duda sobre el origen de sus últimos inquilinos, sus fiambreras con macarrones. No les había dado tiempo a terminar de comer. Un poco más allá nos encontramos con un montón de tiendas de campaña nuevecitas… Bien les iban a venir a nuestros muchachos que habían dormido muchas noches a cielo raso.

Por la tarde de aquel mismo día, Modesto, el general Lukáks, comandante de la XII brigada, y Hans Kahle, comandante de la XI brigada internacional, pasaron por  las diferentes unidades para felicitarlas por el éxito obtenido y se detuvieron también al llegar a nuestro batallón.

Modesto, más joven y más expansivo, nos abrazó a algunos. Se inició una charla animada. Se hablaba en muchas lenguas. Nosotros hablábamos en español, lo que le sorprendió gratamente.

-Veo que los rumanos habláis bien el español, en todo caso mejor que el resto de los camaradas de los otros países. Enhorabuena también por ello. Pero, decidme, ¿cómo es posible?

Se produjo un intercambio vivo de opiniones en el que cada cual invocó distintos episodios de un pasado lejano que explicaban la semejanza de las dos lenguas. Nosotros recordamos a Trajano.

-Pero Trajano  fue español, si no me equivoco –respondió con buen humor Modesto-. La lengua española es la más bella de todas las lenguas latinas. No en vano se dice que el inglés se debe emplear para dirigirse a los gansos, el alemán, a los soldados, el italiano, a las señoras, el francés, a los diplomáticos, y el español, a los dioses. No he sido yo quien ha inventado el dicho –nos dijo como disculpándose- así que no os lo toméis a mal; a todo el mundo le parece su lengua materna la más hermosa.

***
 

   NOTAS
       
  1.“La Chispa” en castellano, órgano central del Partido Comunista Rumano. [Nota de los t.]
  2.“Dios lo quiere”. [N. del A.]
  3.“Llamas negras”. [N. del A.]
  4.“Plumas negras”. [N. del A.]
  5. Retraducción a partir del rumano. [N. de los t.]
  6. Retraducción a partir del rumano. [N. de los t.]
  7. Retraducción a partir del rumano. [N. de los t.]
  8. Retraducción a partir del rumano. [N. de los t.]
  9. Retraducción a partir del rumano. [N. de los t.]
  10. Traian, en rumano. [N. de los t.]

Bajo el cielo de España: Capítulo V (4ª Parte)

Continuamos con la publicación de la traducción del libro del comunista rumano Walter Roman, en el que cuenta sus vivencias de su participación en la Guerra Civil Española en las filas de las Brigadas Internacionales.

Se puede acceder a las partes anteriores en los siguientes enlaces:



COLECTIVO VALAKIA ROJA (VKR)

 ***
El día 16 de febrero, los fascistas desencadenaron el ataque por la mañana temprano mediante un terrible fuego de artillería. Sobre las líneas republicanas cayeron cientos de proyectiles. Estaba claro que el intenso cañoneo de la artillería fascista constituía el inicio de un nuevo ataque masivo.

El comandante de la XI brigada decidió instalar el puesto de mando del batallón en la primera línea de las tropas republicanas. Se trataba de una medida infrecuente, por lo general, puesto que el peligro de que la batería quedara sin dirección o, como se decía por entonces, quedara ciega, aumentaba considerablemente. No obstante, teniendo en cuenta la gravedad de la situación, se procedió de esa manera. Los observadores y los mandos de las baterías se instalaron en primera línea. Se abrió fuego intenso sobre las baterías enemigas con el objetivo de localizarlas y destruirlas. Para reducir la intensidad del ataque del enemigo, se extendió a toda la artillería republicana la orden de situar el mando artillero en la primera línea.

Brigadistas del Batallón Thaelmann
 La mañana del día 16 de febrero se caracterizó por un intenso duelo de artillería a lo largo del frente, en el que el batallón rumano dio todo de sí. Animando a sus camaradas al grito de “¡Venguemos a nuestros muertos de Grivița!” (era 16 de febrero, aniversario de la lucha de los ferroviarios de 1933), Nicolae Cristea no dejó de disparar durante horas contra las líneas enemigas.

Tanto de las observaciones propias de los artilleros como de las de los soldados de los batallones “Edgar André” y “Thälmann” se tuvo constancia de que las baterías del batallón rumano habían provocado pérdidas considerables al enemigo.

También en los días que siguieron, cuando los combates no tenían ya la misma intensidad, se mantuvo el grupo rumano en su puesto.

La participación del batallón rumano en la batalla del Jarama, batalla en que los soldados y oficiales de la primera unidad rumana no escatimaron esfuerzos, en que muchos ofrendaron su sangre, su vida, fue ponderada de manera considerable. En la orden del día del sector, dada el 26 de febrero de 1937, publicada en La Reconquista de 20 de octubre de 1938, se podía leer entre otras cosas: “El grupo rumano de artillería destruyó una batería enemiga, voló un depósito de municiones y provocó pérdidas en las posiciones enemigas, además de destruir nidos de ametralladoras, rampas de lanzamiento y cinco tanques, y de rechazar un poderoso ataque fascista mediante un bombardeo de precisión justo por delante de nuestras líneas”[1]. 

 El batallón rumano de artillería había recibido su bautizo de fuego.

Los artilleros rumanos estuvieron a la altura de la misión que se les había encomendado. Todos los soldados que tomaron parte en la batalla del frente del Jarama tuvieron noticia de la actuación del batallón, primera manifestación de su participación en la guerra de España.

***
Pero además de los voluntarios rumanos del grupo de artillería, también participaron en la batalla del Jarama otros voluntarios de nuestro país, encuadrados en diferentes unidades internacionales. Su comportamiento en el transcurso de los combates es igualmente digno de mención.
   
Tal como hemos indicado, en el seno de la XV brigada, en especial en el batallón “Dimitrov”, lucharon numerosos voluntarios rumanos llegados a España a finales del año 1936: Ioan Cristof, obrero metalúrgico de la Factorías Malaxa, Pavel Cristescu y otros entre los que se encontraban algunos llegados de América del Sur. Una vez integrados en la brigada de la que formaban parte, recibieron también ellos su bautizo de fuego en el frente del Jarama. La XV brigada ocupó una posición en un sector del frente de considerable importancia, perpendicular a la carretera que conducía de Morata de Tajuña a San Martín de la Vega. Por la izquierda estaba en contacto con las divisiones dirigidas por Líster y por la derecha con la XI brigada internacional.

Con la instrucción aún sin terminar, el batallón “Dimitrov” recibió en la noche del 6 al 7 de febrero la orden de montar en camiones y partir de las cercanías de Albacete, donde se encontraba, con dirección al frente del Jarama. La unidad se dirigió al pueblo de Morata de Tajuña, donde, prácticamente, el frente ya no existía, con la misión de cerrar la brecha que se había producido en aquel punto.

Un bosque interminable de olivos cubría la región. Entre los troncos de los árboles los hombres cavaban trincheras tratando de utilizar el más mínimo pliegue del terreno para defenderse de la artillería enemiga, que, desde posiciones favorables, disparaba sin descanso, durante horas, sin dejar un palmo de tierra sin batir, segando vidas tanto en las primeras líneas como en la retaguardia del frente. Allí cayó el primer día de combate, entre los rumanos, el voluntario Ioan Cristof, de 33 años de edad.

Ante los ataques de la artillería, los tanques, la infantería o la aviación enemigos, los luchadores de la XV brigada resistieron con denuedo y en el momento oportuno contraatacaron valientemente. Los actos de heroísmo, de sacrificio, realizados por los luchadores de la XV brigada provocaron la admiración de todo el mundo. El grupo de rumanos del batallón “Dimitrov” se sumó como uno más al entusiasmo general por la valentía y la tenacidad con que luchó. Estas cualidades se manifestaron en especial en las situaciones difíciles, extremadamente difíciles, a que hubieron de hacer frente en numerosas ocasiones en el curso de los combates los luchadores de la XV brigada.

En la XV brigada luchó también el estudiante rumano Emil Șneiberg, uno de los primeros voluntarios llegados a España desde Rumanía. Incorporado con el grado de sargento a las filas del ejército republicano español, se destacó al poco por su excepcional valentía. Cuando, en el transcurso de uno de los más duros combates del frente del Jarama cayó muerto el comandante del batallón “6 de febrero”, Șneiberg tomó el mando de la unidad. El día 22 de febrero, mientras dirigía un ataque del batallón, cayó, a su vez, muerto por una bala enemiga a los 24 años de edad.

También en la XV brigada, en el batallón “Lincoln”, lucharon y cayeron heroicamente dos voluntarios rumanos llegados de los Estados Unidos de América, consecuentes luchadores progresistas: Ștefan Cojereanu y Avram Avram, trabajadores ambos de la zona de Transilvania que se fueron de Rumanía unos 15 ó 20 años antes como emigrantes.

Entre los rumanos que lucharon en el batallón “Edgar André” de la XI brigada se encontraba también el minero Ilie Stoica, que había llegado a la España republicana desde Brasil, adonde le había llevado años atrás la lucha por un mendrugo de pan. Hombre de unos 46 ó 48 años, no vaciló en dejar a su mujer y sus hijos para irse a luchar contra el fascismo con las armas en la mano. En el seno del batallón, Stoica trataba con el cariño de un padre a sus compatriotas, en su mayoría hombres mucho más jóvenes.

Cierto día, uno de los jóvenes voluntarios rumanos fue enviado a una misión complicada de exploración y Stoica pidió permiso para acompañarle. Le preocupaba que al “potro” le pasara algo. De regreso a la unidad, una bala fascista atravesó el corazón del minero rumano. Y aquel hombre como un castillo se desplomó sin decir palabra. En el bolsillo del pecho su compatriota encontró una fotografía de su familia –su mujer, tres hijas y un muchacho-  y una carta por enviar dirigida a su mujer. De aquellas pocas líneas, escritas con la mano inhábil del hombre hecho al pico y no a la pluma, emanaba la férrea convicción del luchador antifascista rumano de que combatiendo en defensa de la República española luchaba por la libertad de su patria. “No te enojes conmigo por haberme ido –escribía Stoica a su mujer-, pero sentí que no podía hacer otra cosa. Una vez hayamos acabado aquí con el enemigo, las cosas cambiarán también en nuestro país y entonces podremos volver también nosotros a la casa de nuestros padres…”

En las cuatro brigadas internacionales que participaron junto a las unidades españolas en los duros combates del frente del Jarama contra los fascistas había voluntarios rumanos. El comandante de la compañía balcánica del batallón “Dombrovski”, de la XII brigada, era Nicolae Olaru. En esa misma compañía participó en los combates y cayó herido Mihai Burcă, uno de los pocos supervivientes de Montoro.

Desde el frente del Jarama, el ferroviario Burcă escribía a sus camaradas en Rumanía: “Estamos en el fuego del infierno. La muerte nos acecha a todos. Pero ninguno piensa en ella. Somos los enviados del movimiento revolucionario de Rumanía y a él queremos honrar. Queremos ser dignos de él. Os enviamos un saludo a los trabajadores ferroviarios. Que sepáis, camaradas, que no nos temblará el pulso ni un instante.”

En el frente del Jarama también lucharon numerosos rumanos en las baterías adscritas a la XII brigada o en el seno de otras unidades. En grupos pequeños o en formaciones más numerosas, los voluntarios rumanos que lucharon en el Jarama aportaron su grano de arena a la gran victoria conseguida por las tropas republicanas, ganándose gracias a su actitud la simpatía y el respeto de los demás combatientes por el pueblo que representaban. 

 COMO “ME HICE” JINETE    

Ocurrió en los intensos días de la batalla del Jarama.

Me encontraba en el puesto de mando de la XI brigada internacional, a cuyo frente se encontraba Hans, cuando las tropas franquistas, junto con las marroquíes, desencadenaron un ataque furibundo contra nuestras posiciones. El ataque estuvo acompañado de un fuego intenso de artillería y de un bombardeo aéreo corto pero masivo.

El ataque fue tan brutal que nuestras tropas, ya diezmadas y desfallecidas a causa de los continuos combates que se sucedían desde hacía varios días con sus noches, no resistieron al principio.

Hans y Ludwig Renn eran de la opinión de que nuestra artillería, es decir, el grupo “Ana Pauker”, debía intervenir de inmediato en apoyo de la infantería (de los batallones “Thälmann”, “Edgar André” y “Comuna de París”, que componían la brigada). En ese sentido recibí una orden precisa.
Artilleros rumanos en el Frente del Jarama (1937). En el centro, Nicolae Cristea

 Tras consultar a toda prisa los mapas militares y al objeto de entrar en acción lo antes posible, mi intención era transmitir las órdenes correspondientes por teléfono, directamente a nuestras baterías. Constaté, sin embargo, con gran consternación, que las comunicaciones telefónicas con las baterías estaban cortadas. Los fascistas habían conseguido destruir nuestra red de transmisiones. En la misma situación catastrófica se encontraban también las comunicaciones telefónicas con los puestos de observación de las baterías, desde donde, normalmente, se dirigía el fuego.

Informé de la situación y le solicité a Hans un medio de transporte rápido (coche o moto) para poderme dirigir de inmediato bien a las baterías, bien a los puntos de observación que, en ese momento, se encontraban en primera línea.

-Mira –me dijo Hans-, no tengo ningún medio de transporte. Todos han sido movilizados para enviar órdenes a los batallones. Sólo me ha quedado el caballo. Tómalo y vete rápido para llegar a tiempo.

Cuál no sería mi sorpresa ante esas palabras. Hans no podía sospechar que su comandante de artillería no supiera montar a caballo. Ni en la infancia ni más tarde tuve ocasión de aprender a montar, aunque me atraía mucho. Una vez me hube incorporado al movimiento, al partido, ya no pude pensar en cosas así. La ilegalidad, la cárcel, la emigración no crean condiciones favorables para semejantes ocupaciones. Pero, cómo iba a decirle a Hans que no tenía la menor idea de montar, que no había montado a caballo en mi vida. El momento no era en modo alguno el oportuno para confidencias de ese tipo.   

-Bien –respondí tras un momento de vacilación-. Voy con tu caballo.

Lo que siguió es difícil de imaginar.

Después de que el ayudante de campo del coronel Hans Kahle me ayudase a montar y una vez me vi sentado en la silla, me pareció que todo estaba en orden y tuve la agradable sensación de que, en apariencia, cabalgar no era en absoluto complicado.

El caballo echó a andar tranquilo y me sentí bien. Comenzaba a tener la impresión de que sabía cabalgar, de que montar a caballo no debía de tener mucha ciencia. Poco faltó para que me tuviera por un buen jinete, aunque no excelente.

Algo después el caballo se lanzó al galope. El sentimiento de júbilo y de seguridad comenzó, poco a poco, a desaparecer. Miraba a mi alrededor y a lo lejos, tratando de ver si quedaba mucho trecho para llegar hasta el observador.

De repente, el fuego de la artillería enemiga se aproximó a la zona en que me encontraba. Se habían abierto las puertas del infierno. Mi caballo, que hasta entonces había dado muestras de una calma que me tranquilizaba, salió disparado. No lo podía controlar. Y para mayor desgracia, además, tomó una dirección que no me convenía en absoluto: hacia las líneas fascistas.

Todos mis esfuerzos resultaban infructuosos. El caballo no obedecía lo más mínimo. Al revés. Cada vez estaba más nervioso y desbocado. Y era comprensible. Los proyectiles enemigos explotaban a nuestro lado. El caballo continuaba su alocada huida hacia las líneas enemigas.

Se apoderó de mí una intranquilidad rayana en el pánico. Mis intentos desesperados por detener el caballo no daban resultado alguno. Me veía ya en el campamento enemigo y sabía muy bien lo que me esperaba allí.
Haciendo memoria de aquel episodio me resulta difícil reproducir exactamente lo que pasó –en especial, por mi cabeza-, aunque, diría, que ocurrió así: me acordé de una narración de Karl May en que describía una escena de un caballo resabiado, cuyo jinete, peligrando su vida, pretendía detener su carrera enloquecida. El procedimiento para conseguirlo consistía en sujetar fuertemente al caballo por el cuello y tirar de él hacia uno. De esa manera el caballo se paraba. Así decía el cuento del escritor alemán. Y así lo intenté yo también. Pero el caballo se ve que no conocía el cuento de Karl May. El éxito de la operación, como se suele decir, era cosa de dos. En balde fueron mis esfuerzos, tanto más enérgicos cuanto más desesperados.

Hasta que, finalmente, el caballo, enfadado probablemente, “resolvió” solo el problema. De buenas a primeras, se levantó de manos, irguiéndose de repente como para librarse de ese modo de mis “caricias”, y un instante después, rápido como un rayo, cambió la suerte y soltó una coz de sopetón, lanzándome a considerable distancia.    

La trayectoria que dibujó mi cuerpo, no me duele reconocerlo a día hoy, fue elegante, airosa, y el “aterrizaje” absolutamente espectacular. A punto estuve de romperme todos los huesos. Un espectador objetivo podría haberse hecho una idea bastante buena de mis aptitudes de trapecista.

Una vez libre de mí, el caballo continuó su carrera a una velocidad mayor si cabe, rebasó nuestras líneas y se dirigió justo hacia las posiciones fascistas.  

Lo sentí por el caballo; y lo sentí, en especial, por mí, aunque estaba contento de haber salido con bien, finalmente, del lío en que me había metido por la presión de las circunstancias. Seguía dentro de nuestras líneas. Así me hice jinete.

Durante mucho tiempo no dejé escapar una palabra sobre este suceso quijotesco. No porque tuviera vergüenza, que, naturalmente la tenía, sino porque Hans no me preguntó ni por el resultado de mi misión ni por la suerte del caballo (probablemente se había enterado de algo y para no apurarme prefirió hacer la vista gorda) y yo decidí guardar silencio.

En cualquier caso, la “experiencia” del Jarama me resultó más tarde de gran utilidad en la vida.

ENCUENTRO CON ERNEST HEMINGWAY

Los últimos días de febrero y el comienzo de marzo hubo calma en el frente del Jarama. Sabíamos, a ciencia cierta, que no duraría mucho. Era evidente que el enemigo, que no había conseguido alcanzar sus objetivos, se preparaba para atacar de nuevo. Pero, tras aquellos días de tensión que habíamos pasado, un descanso, por breve que fuera, era bienvenido.

Uno de aquellos días, aprovechando que debía ir al estado mayor de la XI brigada, me pasé a ver a Ludwig Renn. En los pocos meses que llevaba en España habíamos hecho buenas migas. Delgado en extremo, Renn atraía por su viveza, su dinamismo y su fina inteligencia. Sentía gran estima y afecto por el escritor y por el curtido luchador antifascista. Con frecuencia, en los momentos más distendidos, hablaba de acontecimientos presentes y pasados, de su participación en la primera Guerra Mundial, charlábamos sobre los libros que había escrito (le dije que había leído en mis años de estudiante “Guerra” y “Posguerra”, lo que le produjo un vivo placer), de sus proyectos literarios.

Aquel día, me recibió más afectuosamente que nunca:

-¿Quieres venir conmigo mañana a Madrid? –me preguntó.

-Sí, claro; ¿ha pasado algo?

-Pensé que quizá te interesaría conocer a Hemingway. Está en Madrid. Le vi hace unos pocos días en el estado mayor de Máté Zalka y le prometí visitarlo. Si quieres, vente conmigo.

Se lo agradecí, asegurándole que me producía una gran alegría. Renn sabía de hecho cuánto me gustaba Hemingway. Lo apreciaba por la fuerza y autenticidad que se desprenden de su obra, admiraba su estilo directo, sus diálogos espontáneos, de una sorprendente naturalidad. Aunque no había cumplido los 40 y no había dado todavía toda la medida de su talento, Hemingway había conquistado ya por entonces gran fama mundial con su novela “Adiós a las armas” y otros escritos. Por uno de ellos, “Fiesta”, conocimos, por primera vez, una España especial –por la que el escritor manifestó siempre un interés fuera de lo común-, la España de las corridas y de los toreros. Poco antes de ir a España, estando en París, había leído otra narración de Hemingway sobre toros. Se describía en ella, con pluma de experto en la materia, la maestría de algunos toreros famosos: Belmonte, Manolo, Romero y otros. Hasta a los españoles, apasionados de las corridas, les parecían sorprendentes sus conocimientos de tauromaquia. A pesar del tema específico de la narración, emanaba de ella un enorme amor por el pueblo español, por su dignidad y valentía. Sabía que Hemingway no era marxista, pero lo cierto es que había venido en España a la zona republicana y no a la otra. Había reunido dinero, mucho dinero, para los republicanos, escribía a su favor, lo que demostraba que había hecho una elección. Todo ello me hacía apreciarlo aún más.

De todas estas cosas discutí con Renn en el coche que nos condujo a Madrid. Con este motivo, me contó algo más del encuentro que tuvo con Hemingway en el estado mayor de Máté Zalka. Zalka, también conocido como el general Lukács, como se le llamaba en España, con su modo de ser abierto y no muy diplomático le preguntó al escritor americano que le había hecho venir a la España republicana.

-Me gustan las revoluciones –respondió-, son como un torrente que arrastra a su paso todo lo que está podrido. Y lo que hacen los republicanos es en el fondo una revolución. Escribí hace unos días un esbozo: “Los chóferes de Madrid”. Saben, los hay que eligen a Franco, otros a Hitler y Mussolini. Yo me quedo con Hipólito...

(Iba a acordarme de esas palabras muchas veces en el curso de la guerra pues tuve como chofer al español Ángel, un inigualable Sancho Panza, taxista de Madrid, prototipo de hombre del pueblo, valiente, abnegado, lleno de humor y de sentido común.)

Llegamos a Madrid. Hemingway se alojaba en el hotel “Florida”, cerca del edificio de la Telefónica que la artillería y la aviación fascistas bombardeaban permanentemente. El hotel había recibido el impacto de las bombas y la metralla, tenía los cristales rotos y estaba casi totalmente desierto. Hemingway seguía alojándose allí, trabajando, abrigando esperanzas…

Le encontramos escribiendo en una mesa colocada delante de la ventana. Un infiernillo de alcohol con una cafetera al lado y varias botellas de whisky y naranja desperdigadas por la habitación testimoniaban las preferencias gastronómicas del autor. Se levantó de la mesa y salió a recibirnos, alto, delgado pero fornido, presagio de su futura corpulencia.

Renn me presentó. Le habló de nuestra unidad de artillería. Hemingway me miró con ojos sonrientes y me preguntó por mi nacionalidad. Al oír mi respuesta, dijo:

-Sí… Conozco y me gusta Panait Istrati.

Luego nos ofreció whisky, animándonos a beber de palabra y, sobre todo, de obra. Renn se mojó protocolariamente los labios, yo me bebí el vaso de un trago. Era la primera vez que probaba esta bebida y me gustó. Hemingway me miró con aprobación.

-Bebe, bebe, es bueno, da energía. Nunca nubla la mente.

El alcohol era fuerte. Me hizo vencer la timidez que me atenazaba. La charla entre los dos escritores era viva, interesante. Yo era todo oídos.

Cuando Renn le preguntó por qué se quedaba allí, donde estaba en peligro en todo momento, refiriéndose a su estancia en el hotel “Florida”, Hemingway, que se imaginó que la pregunta aludía a su presencia en España, pregunta que le habían hecho en múltiples ocasiones, le replicó:

- Yo no entiendo de política, no hago política. Sin embargo, estoy en contra del fascismo porque este sistema político no puede producir buenos escritores. El fascismo es mentira y condena a la literatura a la esterilidad. Ahora el fascismo ha provocado esta guerra. Odio la guerra, pero para vencerla no hay más alternativa que pelear en ella. Aquí no hay lugar para la cobardía, el egoísmo, la traición.

Todo esto lo decía en un tono tranquilo, afable, con profundo convencimiento. Salió más tarde el tema de la “política de no intervención”, contra la que pronunció duras palabras de condena: “Peor que la guerra y la traición es la cobardía de que dan muestras las democracias burguesas”, dijo.

Renn volvió con su pregunta:

- Sí, pero, ¿por qué estás en el “Florida”? Aquí te expone de manera inútil.

Sonrió.
Joris Ivens (izquierda) con Ernest Hemingway (en el centro) y Ludwig Renn
(jefe de la XI Brigada Internacional, Brigada Thälmann)
 


-¿Tú crees? Aquí siento a cada instante la guerra, incluso cuando no estoy en el frente. Necesito este ambiente para lo que estoy escribiendo ahora.

Y comenzó a hablarnos de sus proyectos, del guión que escribía para una película de Joris Ivens, “Tierra de España”, de una pieza a la que andaba dando vueltas y  cuyos personajes ya habían empezado a tomar forma (se trataba de la obra de teatro que iba a terminar un año más tarde, “La quinta columna”, consagrada a la lucha contra el fascismo). Cuando leí varios años después “Por quién doblan las campanas”, reconocí en la novela la condensación de unos pensamientos, de unas inquietudes que se abrían camino ya por aquellos días en que se desarrolló la conversación a que tuve la suerte de asistir.

La charla se deslizó hacia las corridas de toros. No podía ser que Hemingway, el gran aficionado a las corridas no abordara esta cuestión. Ludwig Renn que ni conocía bien este “arte” ni lo admiraba, escuchaba sin demasiado entusiasmo, como yo, sus consideraciones.

- En primer lugar debo reconoceros que no puedo comprender por qué el gobierno republicano ha tomado esta medida, que considero excesivamente drástica, de prohibir las corridas… Estoy seguro de que rectificarán.

Interrumpiéndose, añadió pensativo:

- Claro, existe un único peligro en todo esto… en cuanto al futuro de la tauromaquia… la técnica moderna de las corridas se ha hecho demasiado perfecta… ¿Quién podría realmente superar a toreros como Cagancho, Gitanillo de Triana, Villalta, Belmonte, Joselito, Manolo?... Cada uno de ellos sería digno protagonista de una auténtica novela picaresca… 

Antes de despedirnos de él, Hemingway me preguntó:

- ¿Hay muchos rumanos en la Brigadas Internacionales?

Después de contestarle volvió sobre Panait Istrati.

- Que sepas que yo no puedo condenarle. Lo considero, como Romain Rolland, un escritor de talento. Es un poeta innato, enamorado en lo más hondo de su corazón de las cosas más sencillas: la aventura, la amistad, la rebeldía, la carne, la sangre; incapaz de razonar en la teoría y, por tanto, incapaz de caer en la trampa de un sofisma por bien construido que esté. Y quiero aún decir algo más. Estoy seguro de que no lo sabes pues es imposible que lo sepas. Se trata también de Panait Istrati. Hace varios años, cuando realizó su afamado y muy comentado viaje a Rusia, volvió de allí con un cierto sentimiento de frustración. El diálogo que mantuvo con un dirigente, después de visitar unas cárceles y campos de trabajo, revelaba que se había apoderado de él una cierta desilusión e incertidumbre. Este dirigente, tratando de dar a Istrati una respuesta a sus inquietudes, le dijo que “no se puede hacer tortilla sin romper los huevos”, a lo que Istrati le respondió de inmediato: “Podría estar de acuerdo con esa explicación pero, desgraciadamente, no he visto más que huevos rotos.”[2]       
         
Mirándome con ojo maliciosos, añadió:

- No te enfades. No quiero ofender a nadie. Y menos a los rusos, sin cuya ayuda, masiva y rápida, difícilmente podría luchar este pueblo heroico. He contado todo esto sólo para que sus compatriotas le puedan juzgar sabiendo más de él.

En el momento de la despedida, Hemingway nos dijo:

- Sé que las cosas están tranquilas ahora en el Jarama. Pero tan pronto como se reavive el fuego, iré yo también al frente.         

De hecho, pronto iban a comenzar los combates de Guadalajara, frente que el escritor visitó incluso en pleno fragor de la batalla.

***Notas:

[1] Retraducción a partir del rumano. [N. de los t.]
[2] Obsérvese las palabras que Valter Roman pone en boca de Hemingway y las siguientes, procedentes de la obra Memorias de un revolucionario, escrita en francés en 1950, del conocido trotskista Victor Serge, referidas a Panait Istrati:
(…) poeta nato, enamorado con toda su alma de varias cosas simples: la aventura, la amistad, la rebeldía, la carne, la sangre. Incapaz de un razonamiento teórico y por consiguiente de caer en la trampa de un sofisma bien hecho. Le decían delante de mí: “Panait, no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, nuestra revolución..., etc.”. Él exclamó: «Bueno, ya veo los huevos rotos. ¿Dónde está la tortilla?». (Memorias de un revolucionario, Ed. Veintisiete Letras,  2011).
Las coincidencias y divergencias entre los dos textos nos parecen altamente significativas. Dado que Bajo el cielo de España fue editado en 1972, es decir, 22 años después del libro de Victor Serge, todo apunta a que Roman habría tenido acceso al texto del autor trotskista y habría puesto en boca de Hemingway palabras que, en verdad, no eran suyas. Si Victor Serge, a su vez, pudo copiar esas misma palabras de otro autor (¿Romain Rolland? ¿El propio Hemingway?) es algo que ni hemos podido demostrar ni nos parece probable.
En relación con las divergencias, nótese que mientras Victor Serge atribuye la frase “no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos” a una pluralidad indeterminada de personas (Le decían…), el Hemingway de Valter Roman se la endosa a un “dirigente” (“demnitar”, en el original rumano). El hecho de que dicha cita haya sido atribuida recurrentemente a Stalin –cualquier lector rumano de los años 70 no habría tenido la más mínima duda sobre la identidad de ese “demnitar”- nos da las claves interpretativas, en el contexto político nacionalista de la Rumanía de esos años: nos encontramos ante una crítica apenas velada a Stalin en que el supuesto estalinista Valter Roman echa mano de una fuente trotskista que, a su vez, camufla poniéndola en boca de Hemingway. [N. de los t.]